CAPITULO XXX | |
| Villleroy trouve pour Louis des compagnons plus adaptés à son rang. Ils jouent ensemble à l'anneau tournant et au volant, il tire aussi des pétards | |
|
Notas tomadas por Eugène, reproducidas tal cual (¡Qué organizada es esta chica!). La Torre. Hipótesis de acceso: -Cercano. No descartar, pero no coherente. -Exterior. No se aprecia en la superficie. Tendría que ser un acceso oculto o secreto. Es una posibilidad a tener en cuenta. -Interior, subterráneo. -Superior. Excesivamente complicado. -Lejano. Difícil de justificar (¿Regajal?). -Ninguno. No procede, salvo que intervenga Juan de Herrera, o por una utilidad desconocida: Considerar. Hipótesis de uso: En Aranjuez se la justifica como componente inevitable de las antiguas conducciones de agua que bajan desde la meseta, un respiradero para controlar la presión del agua. Sin embargo, resulta chocante que su aparente antigüedad supere en tanto a las fuentes destinatarias de tales conducciones. En cualquier caso, no descartar como hipótesis de trabajo, dada su situación geográfica. La utilidad y el acceso son las preguntas que plantea la torre, en cualquiera de los casos. La respuesta puede estar relacionada con la Fuente de las Horas. (...) Notas tomadas por Juan T. Volta, algo menos asépticas. La torre se yergue -notable aunque discreta-, entre árboles centenarios que, aun siendo de tan elevado porte como son, no logran superarla en altura. Su indudable preponderancia se aprecia menos debido a que está situada en el fondo del valle, prácticamente al nivel del agua del río y rodeada de frondosos árboles de ribera o cultivados, que producen la sensación de pequeñez en la construcción así absorbida. Es necesario conocer su existencia para encontrarla y apreciar su enigmática grandeza del tipo de las construcciones antiguas. Por otro lado su existencia no se ve justificada por ninguna evidencia. En Aranjuez circulan diferentes y curiosas explicaciones, ninguna de ellas sustentada por datos, escritos o documentos, sino por intuiciones más o menos verosímiles. Simplemente se sabe que está ahí. Se le atribuyen quinientos años por su islámica factura de ladrillo visto y su adorno geométrico, no figurativo, pero es una fecha que pareciera tomada a voleo; ni siquiera el pueblo alcanza esa antigüedad. En un radio de cien metros no existe otra construcción humana, salvo las fuentes con sus estatuas, adornos o relieves, parece que colocadas con posterioridad a la torre, aunque nos es desconocido si alguna de ellas pudiera estar situada sobre la hipotética cripta que sirviera de acceso a la torre: No lo insinúan ni la distancia ni la disposición, pero lo cierto es que no hay constancia de que hubiera o dejara de haber intención en su colocación respecto de la torre. ¿Por qué no hay documentación de una construcción así? En realidad, no forma parte en absoluto de la geometría de calles, paseos, caminos y setos en los que sí están inscritas indudablemente las fuentes y sus estatuas como conjunto armónico. Al contrario, se eleva sobre una zona interior de setos cuadrangulares donde ocupa, sesgada, una esquina poco indicativa. La hipótesis que manejan Eugène y el doctor es que el acceso a la torre ha de ser subterráneo, ya de forma intencionada (probable, según ellos), o debido al paso del tiempo, si bien no hemos encontrado prueba alguna de ello. Sin embargo la conexión que buscábamos en nuestra desafortunada excursión bajo el regajal, el denominado Mar de Ontígola, ha resultado, además de desgraciada, infructuosa... Su diseño es elegante y sólido, aunque no atrayente: Carece de marcas o adornos que la destaquen exceptuado un bajorrelieve geométrico de significación aparentemente anodina, de estilo mudéjar, elaborado con el mismo tipo de ladrillos que el resto de la construcción, sin afán aparente de destacar ni en color ni en relieve, ni en originalidad. Estos bajorrelieves, que se aprecian claramente, se encuentran sin embargo fuera del alcance de una persona de estatura normal. Se inician a unos cuatro metros de la base, rodeando su superficie hasta cerca de su cúspide. Todo alrededor la torre se hunde literalmente en el terreno, sin piso o abertura insinuados en todo su perímetro; tampoco en toda su superficie, hasta su culminación, se detecta abertura alguna: Se diría maciza. Me acerco a la construcción y la rodeo para calcular sus dimensiones. Compruebo lo que ya sabía: no existen aberturas visibles en todo su perímetro. Salvo arriba, como si de una chimenea industrial se tratase. Se asienta sobre el suelo a una profundidad desconocida, rodeada de fango y musgo; sus alrededores se mantienen limpios, probablemente de forma intencionada; ninguna hiedra trepa por sus muros. El círculo de su base tendrá unos cuatro metros de radio, en forma de cilindro al principio, se va estrechado a partir de unos doce metros, en cono truncado, por encima de los adornos, en forma proporcional, hasta lo que podría ser medio metro de radio en la cúspide, a unos treinta metros de la parte de la base que queda a la vista. Los adornos o relieves son dibujos geométricos angulares trazados por los propios ladrillos, en bajorrelieve, inspirados en las tracerías típicas del Islam del sur de la península ibérica, o las construcciones mudéjares del interior. Por encima de los doce metros, empieza a enflaquecer en forma exponencial la obra desnuda, retorciéndose como las columnas salomónicas, pero marcando los ángulos. La copa del plátano más elevado, muy cercano, supera los veinte metros, siendo los plátanos de los alrededores de un porte muy similar, aunque asombrosamente altos, no tanto como la obra artificial. Sin embargo, tupido de hojas primaverales el jardín en esta época del año, la punta de la torre no será vista a distancia si no es intencionadamente buscada. La Fuente de las Horas, relativamente cercana, es sencilla, esbelta, bella y relajante. Me he detenido bastante tiempo, sentado sobre uno de los bancos de piedra, rogando que la cantarina música de su discreto chorro de agua me comunicara algún mensaje, alguna respuesta; me ha transmitido paz interior, y algo de optimismo. (fin de nota) Eugène y yo nos dirigíamos esa mañana a tratar de verificar y aclarar el misterio de la torre. El doctor nos había indicado qué teníamos que buscar y anotar. Aunque la noche del reencuentro resultó agitada y placentera, después de un lapso que se me iba haciendo eterno, madrugamos; a esa hora temprana los turistas aún no habían llegado y se podía curiosear con más tranquilidad. Atravesamos el Parterre a toda velocidad, a la sombra de los magnolios, siguiendo la balaustrada de metal que corona el muro que encauza el río hasta el puente de la ría, a la derecha del viejo madroño, donde las antiguas reproducciones clásicas que lo flanquean y delimitan parecen recibirnos o mirarnos con curiosidad. Pero no nos detenemos a conversar con ninguna, hoy, para entrar en el jardín de la isla propiamente dicho. Luego enfilamos hasta la galería de fuentes, llegando a destino en pocos minutos. Yo había venido repasando en voz alta las ideas que había anotado, para información de Eugène, que escuchaba en silencio, hasta que nos enfrentamos con la base, probablemente de mármol, del inicio de nuestra búsqueda. (Durante la tarde y la noche anterior, dedicados a otros menesteres, no había encontrado tiempo para compartir con ella mis notas). -La Fuente de las Horas. Aquí está el reloj. Ella se situó sobre la loseta que tenía el símbolo I, y desde allí nos separamos para rodear la fuente. Tomé por la izquierda siguiendo las losas marcadas con números romanos, caminando con dignidad, mientras Eugène seguía el sentido derecho -el contrario al de las agujas de un reloj- en lo que me parecieron ridículos e inapropiados saltitos. -Une, –cantó Eugène, en alta voz-... trois,... six... -Cinco,... dos,... diez, - yo, a la vez. -... sept, ... quatre –Eugène. -…doce, …ocho –yo. -Et onze –Eugène. -Y nueve –yo. Y nos tropezamos justo al otro lado de la fuente, contemplando ahora, al volvernos a mirar hacia el centro, su sencilla taza rebosante de agua que se derramaba cantando. -Esta combinación no parece tener mucha lógica. Más bien sigue un orden absurdo –dije. Eugène anotaba en su block. -Están las doce horas –concluyó- pero en un orden nada apropiado para un reloj. -Esto no va a marcar la hora nunca –aseveré. -Sabemos que la fuente ha sido desmontada más de una vez; se pudo alterar el orden. -Sin embargo, parece que realmente se desmontó y montó de nuevo colocando las piezas en la misma situación en que estaban. -No lo podemos comprobar ¡Aquí esta! –Eugène repasaba una guía turística local-. No es un reloj de sol -eso era evidente-, es un juego de agua,... un Anneau-Tournant, anillo giratorio... ¡No sé lo que es eso!¿Debería saberlo? -¿No dice en qué consiste? –yo- ¿Es algún tipo de reloj de agua, una clepsidra?¿Algún juego? -Aquí no aclara nada –terminó de leer y abandonó la guía. -Habrá que buscarlo en Internet –comenté, por decir algo. -Bueno. En cualquier caso, la fuente está aquí –miró hacia los alrededores-. Aunque no sabemos si funciona o cómo funciona. Sí se ajusta a lo que describe el pergamino. Es bonita la fuente –contempló meditativa el agua. Nos habíamos dado la vuelta para contemplarla; asentí con un gesto apreciativo. -Sencilla, elegante y relajante –confirmó Eugène. Pero no sostuvo su mirada-. ¡Vamos a buscar la torre! Debiera ser visible desde aquí. -Allí a tu derecha –señalé detrás nuestro: Era la única construcción cercana. -Se parece a la descripción –valoró Eugène, pensativa. -Vamos a verlo –inicié la marcha. Ella, mientras me seguía, terminó de anotar un esquema de la situación geográfica y el orden de la numeración en su block. -Ya está -y se puso a mi altura, para mostrarme sus apuntes: I, III, VI, VII, IV, XI, IX, VIII, XII, X, II, V, desde el I, en el sentido inverso de las agujas de un reloj. -Une, cinq, deux, dix, douce, huit, neuf, onze, quatre, sept, six, trois –dijo después de hacer la inversión, para que tomara el sentido de las agujas del reloj. Uno, cinco, dos, diez, doce, ocho, nueve, once, cuatro, siete, seis, tres, me repetía yo mentalmente, como si la repetición le pudiera dar sentido a la serie... (...) La fuente y la torre estaban allí. El mecanismo de la fuente había de ser descifrado. Sin embargo, la combinación que debía indicar la fuente que era conocida como "del Reloj" o, más apropiadamente, "de las Horas", podría estar falseada. En la inspección ocular habíamos constatado que la numeración romana había sido reconstruida y vuelta a fijar muy recientemente, quizá alterándola. La explicación de esta posible alteración resultaba curiosa y no permitía deducir cuál había sido la posición original de la numeración. Al parecer, la fuente había sido traída desde los Países Bajos en tiempos de Felipe II. Fue montada en su lugar actual y habilitada, pero su función no llegó a ser comprendida o se mantuvo oculta intencionadamente. El uso de la numeración romana, desde el uno hasta el doce, parecía indicar que se trataba de algún tipo de reloj, por lo que las losas donde iban grabados los números, hasta completar un anillo, se ordenaron de forma secuencial, ascendente, en sentido lógicamente de las agujas del reloj. Sin embargo, y dado que se apreciaba en el encajado de las piezas que el orden, aunque lógico, no coincidía con la intención de los artesanos que la llevaron a efecto, se optó por seguir el orden arquitectónico, del que resultó la extraña sucesión que habíamos anotado. Sin embargo este montaje nunca pudo marcar la hora: No era un reloj. Un presunto reloj solar, por ejemplo, no podía ser geométricamente circular, como lo era este anillo: Para marcar las horas en forma circular es necesario algún tipo de mecanismo del que la fuente carece, pues sólo se compone del citado anillo y de una pileta en su centro del que sube hacia arriba un único chorro de agua, lo que vuelve a descartar el reloj, incluso la clepsidra, que no hay forma de imaginar. Sin embargo la idea de Anneu-Tournant, que aparece como descripción vaga, parece implicar algún tipo de mecanismo: El anillo debiera girar de alguna forma, o bien referenciarse con respecto de algo que sea capaz de marcar posiciones en el círculo. Teníamos motivos para pensar, sabíamos, que la torre estaba implicada. En estas circunstancias, podría aparecer el reloj que da nombre a la fuente, aunque es difícil imaginar su mecanismo, teniendo en cuenta que se sabe por documentación de la época de su instalación que la numeración original, como ya habíamos reiteradamente concluido, no era sucesiva, sino que los números seguían un cierto orden no evidente. Esta posición, la primitiva (la actual), es la que nos interesaba. Nosotros sabíamos más; quiero decir, Eugène y el doctor, en sus desquiciados razonamientos, pretendían saber más: Sabían que probablemente se trataba de un reloj, pero no horario, como daban a entender las doce cifras, sino de un reloj de tipo estelar... Lo cual para mí no tenía ningún significado, salvo el de una imprecisa amenaza. Algo siniestro, ajeno a mis sentimientos, parecía moverse en mi interior ante la contemplación mental de los números, diferente de mi repulsión hacia las matemáticas, más natural en mi. Por otro lado, lo del Anneau-Tournant, y rememorando su estrambótico recorrido, me sonaba al "Corro de la Patata"... No lo comenté, por parecerme ridículo. | |
domingo, febrero 01, 2009
L’Anneau tournant
lunes, noviembre 17, 2008
Vino tinto
Vino tinto, Luna llena,teñida de vino tinto,y almendra picada...
Nueces y miel,vino afrutado,de la tierra, curado, dicen,en roble...porque robles hay...
Vinum Sabati, macerado en sentires,mágica receta irrepetible...
Farallón y golondrina que anuncia,como las primaveras,las mareas...
Las anuncia y las sufre,y crecen en su interior,donde todo se renueva.Vino tinto, de alta graduación,mareas,hoy luna llena.
Luna tintada...
Con este poema participo en el primer Concurso de Poesía de Heptagrama
sábado, febrero 02, 2008
Sereira: La mano de la diosa
La mano de la diosade Juan Antonio Pizarro Martín

Portada de
Luis Tobalina
Publicada por
Ediciones Atlantis
Hortaleza 104
28004 Madrid
Tlf: 91 702 51 73 - 657 922 155
ISBN: 9788496621633

CASA del LIBRO
Pedidos contrareembolso
| Título: | La mano de la diosa |
|---|---|
| Autor/es: | Pizarro Martín, Juan Antonio [Ver títulos] |
| Lengua de publicación: | Castellano |
| Edición: | 1ª ed., 1ª imp. |
| Fecha Edición: | 10/2007 |
| Publicación: | Ediciones Atlantis |
| Descripción: | 356 p. 21x15 cm |
| Encuadernación: | rúst. |
| Colección: | Narrativa [Ver títulos] |
| Materia/s: | 821.134.2-3 - Literatura española. Novela y cuento. |
| Precio: | 18,00 Euros |
Juan T. Volta, escritor de relativo éxito, está secretamente instalado en Aranjuez donde trabaja en su última novela.

Su rutinaria vida se ve rota por la aparición de un e-mail firmado por “Sereira”.
Sereira resulta ser Eugène, una joven atractiva e inquieta que le dice a Juan que “tiene la marca”, y a la que Juan cree tan sólo porque ella luce un buen cuerpo y parece interesada en él.
Sus actividades les llevaran como un torbellino a meterse de lleno en una historia de puertas estelares, extrañas apariciones e intereses en que Juan aprenderá a ver las cosas de otro modo, mucho menos cínico, y donde todo se resolverá al final en una fuente de Aranjuez, en la mano de la Diosa.
Presentación en el CC Isabel de Farnesio de Aranjuez.

La obra se puede adquirir ya en Aranjuez en
La Casa del Libro / Espasa Calpe
Y en Aranjuez
E. Leclerc Aranjuez
Librería Aranjuez, Librería Rey, frente al CC Isabel de Farnesio, Librería Estudio, en la calle Valeras, Roda, en calle del Foso y Ara de Jove, en Pavía, frente a la Universidad.
El autor, Juan Antonio Pizarro Martín.
Nacido en Madrid pero residente en Aranjuez desde siempre, disfruto de est
a población privilegiada por sus jardines y sus sotos, como lo hará cualquiera que se acerque por aquí; y no puedo evitar hacerlo notar en mis escritos.No hay mucho más de notable para el público en mi biografía, salvo que interese saber que nací en el 59 del siglo pasado, bajo el signo de Sagitario.
Y que la novela se la dedico a mis padres y también a Maite y Magda, por haber sido tan pacientes conmigo.

Igualmente he de agradecer el poema prólogo a Marcela Vanmak.
Y por supuesto a mi amigo Luis Tobalina, autor del dibujo de la portada.
martes, diciembre 18, 2007

La mano de la diosade Juan Antonio Pizarro Martín
Portada de
Luis Tobalina
Publicada por
Ediciones Atlantis
Hortaleza 104
28004 Madrid
Tlf: 91 702 51 73 - 657 922 155

Pedidos contrareembolso
Sinopsis de la obra:
Juan T. Volta, escritor de relativo éxito, está secretamente instalado en Aranjuez donde trabaja en su última novela.
Su rutinaria vida se ve rota por la aparición de un e-mail firmado por “Sereira”.
Sereira resulta ser Eugène, una joven atractiva e inquieta que le dice a Juan que “tiene la marca”, y a la que Juan cree tan sólo porque ella luce un buen cuerpo y parece interesada en él.
Sus actividades les llevaran como un torbellino a meterse de lleno en una historia de puertas estelares, extrañas apariciones e intereses en que Juan aprenderá a ver las cosas de otro modo, mucho menos cínico, y donde todo se resolverá al final en una fuente de Aranjuez, en la mano de la Di
osa.Presentación en el CC Isabel de Farnesio de Aranjuez.
La obra se puede adquirir ya en Aranjuez en Librería Aranjuez, Librería Rey, frente al CC Isabel de Farnesio, Librería Estudio, en la calle Valeras, Roda, en calle del Foso y Ara de Jove, en Pavía, frente a la Universidad.
El autor, Juan Antonio Pizarro Martín.
Nacido en Madrid pero residente en Aranjuez desde siempre, disfruto de esta población privilegiada p
or sus jardines y sus sotos, como lo hará cualquiera que se acerque por aquí; y no puedo evitar hacerlo notar en mis escritos.No hay mucho más de notable para el público en mi biografía, salvo que interese saber que nací en el 59 del siglo pasado, bajo el signo de Sagitario.
Y que la novela se la dedico a mis padres y también a Maite y Magda, por haber sido tan pacientes conmigo.
Igualmente he de agradecer el poema prólogo a Marcela Vanmak.
Y por supuesto a mi amigo Luis Tobalina, autor del dibujo de la portada.
sábado, diciembre 08, 2007
La mano de la diosa. Sueño.
Eugene no había llamado después de sus retorcidas explicaciones, ayer.
Así que, tras hacer algunas desganadas e imprecisas anotaciones para mi novela, que no avanzaba, dejé el ordenador cerrándose por su cuenta y coloqué el móvil a mano, con la vaga esperanza de recibir una improbable llamada, y con la luz encendida, me tumbé mirando al techo, como consultándolo, dejando que mi reloj interior decidiera si me convenía dormir o velar.
Las funestas actividades de los últimos días me habían mantenido bastante ocupado, hasta el punto de que tan sólo unos pocos, discretos folios habían justificado mi esta
ncia en Aranjuez.
No me sentía culpable en este aspecto, pero necesitaba meditar.
He observado que, cuando duermo cara al cielo, al techo, vamos, es cuando los sueños escapan de su habitual zona inconsciente para ocupar la memoria consciente, penetrando en el mundo que decidimos real, y son recordados como una actividad más.
Supongo que es ésta la causa de que recuerde en particular este sueño.
Quizá existen otros motivos, que no me interesa investigar.
Probablemente la luz del techo me sugirió el escenario: la luz del sol de principios de verano filtrándose a través de las tupidas copas que había dejado la primavera, que se acababa.
Luces cambiantes al lento ritmo del paseo, filtradas por los diferentes verdes, amarillos, rojos de las hojas.
No conocía lo suficiente el Jardín: Tan sólo había paseado de forma descuidada y atento a mis historias interiores por sus avenidas arboladas y sus bosques artificiales, pero evidentemente mi subconsciente no dejó de trabajar, porque, como en todos los sueños, las sensaciones eran muy vívidas y particularmente precisas, acaparando detalles indudablemente reales.
Sin duda la imaginación y mis temas ocultos completaban sin pudor los detalles.
Miraba al cielo, y sentía la húmeda bruma que levantaba al andar.
Al frente una abertura en la arboleda, a cielo abierto, azul y limpio de nubes, incluso de aves.
La Montaña Rusa se dibujaba sobre el fondo nítida, como una tarta de brócoli.
Sólo verdes oscuros, salteados de grises troncos. Y en su cúspide el pabellón de madera que servía de mirador, entre otras funciones más privadas que permitía su situación privilegiada.
El camino se veía despejado, y avancé decidido, pero sin prisa, hacia la salida del húmedo túnel que se defendía aún del verano mesetario.
El claro no parecía grande.
El tupido bosque bajo, cercano, ascendía sin interrupción. Sólo el mirador, arriba.
El agua de la acequia de ladrillos refrescaba la solanera.
Cruzaba transversal, pero se interrumpía para cruzar subterráneo mediante sendos sifones que permitían seguir el camino de tierra invadido de grama seca.
La cantarina corriente marcaba una aduana siempre abierta: La puerta del bosque nunca estaba cerrada para penetrar en él.
La distancia prometía una subida suave. Sólo en lo más alto las piedras desnudas anunciaban un final abrupto.
Nada más entrar en el bosque bajo, el sol casi desaparece.
El piso se vuelve húmedo, cubierto de musgo tupido, y un vapor de hojas podridas, gélido, sube por la espina dorsal; los troncos gruesos, retorcidos y gruesos, ancianos, nacen sobre la alfombra verde oscuro y se ramifican de inmediato, formando una bóveda baja e impenetrable; la hiedra cubre el piso, respetando un estrecho sendero, casi invisible; macizos de reptantes fresas silvestres sin fruto salpican el verde, oscuro tapiz, donde difícilmente alcanza la luz del sol; la abundante hiedra trepa por los troncos más viejos o enfermos, al borde de la decadencia, salpicados de obscenos hongos; restos de esparragueras secas sobrenadan cercanas a los granados espárragos trigueros que las sustituirán el próximo año.
El gélido vapor toma consistencia y crece.
Al caminar, un sordo eco húmedo sobre el estrecho sendero de tierra sube junto con una sensación de alfombra mullida y pegajosa.
El vapor se eleva en jirones de niebla, formando espirales galácticas, torbellinos lentos, hasta hacer desaparecer el suelo visible.
Las ramas se hacen más bajas y amenazantes, hasta impedirme caminar erguido.
La niebla baja, incoherente y espesa llega hasta mis rodillas; ya no veo mis pies.
Extrañamente, el estrecho sendero sigue visible delante de mí, y avanzo arrastrando la niebla que se opone a mi progreso como si de una corriente de agua se tratara, con mis muslos, agachado, moviendo espasmódicamente los brazos como si me pudiera apoyar en el aire, pero tratando de no rozar las ramas y los líquenes colgantes, que tienen un tacto fungoso.
La niebla moldea el curso del sendero por delante de mí, en absurdas curvas entre la bóveda vegetal que forma un túnel oscuro.
Mi avance es cada vez más dificultoso, y gotas de sudor frío empapan mi frente y mi camisa.
La oscuridad se vuelve casi absoluta: Pero no pienso en retroceder o descansar.
De pronto, delante, un círculo de luz.
El frío que ha penetrado en mis huesos parece remitir con su visión. Es una luz fría y gris, pero contrasta con la oscuridad total.
Traspasado el umbral luminoso, el piso de tierra húmeda continua un trecho, pero los arbustos bajos han desaparecido.
En su lugar, árboles de troncos plateados y gruesos, cuyas ramas más cercanas al suelo superan con mucho la altura de un hombre, se reparten en una extensión inmensa.
Troncos gris plateado, gruesos y lisos, copas elevadísimas, con destellos de rayos solares que atraviesan las altísimas copas en algunos puntos, semejan una columnata de catedral gótica desordenada, sin crucero ni oriente.
La luz llega atenuada y las columnas grises se dibujan difuminadas en brillo mate, pero los diversos portes de los troncos se resuelven en cilindros de diferente calibre excesivamente regulares, formando extraños polígonos irregulares con sus plantas.
No se ve el final de tan extensa cúpula, mientras que a mi espalda, la barrera vegetal por donde accedí a la pro-naos ha desaparecido; no me he vuelto para mirar, pero lo noto: Me encuentro en el centro de una alta bóveda interminable, sustentada por columnas que quizá rozan las nubes.
El piso de tierra, liso, está salpicado de reptantes fresas, pequeñas islas verdes, yermas y algo tristes, como en recesión, arracimadas en torno a algunos troncos protectores.
La luz difusa no parece proceder del cielo; de arriba tan sólo se filtran delgados y escaso rayos brillantes, que motean la tierra reseca dibujando marcas incomprensibles y dinámicas, pero el apagado resplandor que ilumina el conjunto parece proceder del suelo.
El silencio resulta apabullante, asfixiante.
La brisa, a ras de suelo, inexistente.
Esporádicamente, un crujido lejano, en las alturas, delata algún movimiento animal, y alguna leve ramita cae sobre algún punto de luz, haciendo variar el significado de la clave de puntos que se dibuja sobre el piso: Punto rama, punto punto, rama punto,... una clave que me es desconocida, aunque vagamente familiar.
Camino lento, sin sentido de la orientación, algo mareado y cansado, mirando a derecha e izquierda, adelante y atrás, sin encontrar referencia alguna.
Todos los troncos parecen iguales.
Sin embargo ello no es cierto.
Tanto la calidad rugosa, como el dibujo sobre su piel, como su tamaño, los diferencia al prestar atención.
Elijo uno que me parece más grueso y trato de rodearlo, a cierta distancia porque gruesas raíces que se extienden en forma radial sobre la tierra lo elevan sobre el piso alcanzando un radio asombrosamente lejano del tronco principal, y no permiten acercarse a él.
Es inmenso.
No consigo llegar al punto de partida.
Las raíces forman recovecos, puentes, grutas, quizá habitadas por silenciosos gnomos, cultivos de fresas a su sombra, hongos vestidos de camuflaje, setas moteadas de amarillo, azul, rojo; un hongo especialmente grande se adhiere al tronco como una marquesina a cuya sombra la minúscula vida del bosque húmedo florece. Le da un rostro al árbol, que parece a punto de decir algo, quizá un aviso, quizá una amenaza.
Creo que he dado la vuelta entera, pero no lo sé.
Espero que el árbol hable, pero no hace nada.
El paisaje parece siempre el mismo, y el silencio pesa.
Me distraigo, y una sombra, lejos, rompe la homogeneidad, como un aura veloz, y se esconde tras un tronco, que intento no perder de vista.
¡Hacia allá! ¡En línea recta!
Me apresuro a alcanzar el sitio, corriendo.
Mientras corro con la vista fija, a mi derecha, lejos, veo por el rabillo del ojo una sombra que cruza entre dos troncos.
Me vuelvo rápidamente, y corro hacia allá. Cambio de ruta, derecha, rápido.
A mi espalda. Indudablemente, una mirada se clava en mi nuca.
Me vuelvo de golpe. ¡Nada!
No.
Un retal de gasa azul cielo flota tras un tronco cercano, movido en ondas por una brisa que no existe.
¡Allí!
Fijo la vista y corro.
Ya no está.
Vista a la derecha, a la izquierda. Allí a la izquierda. Es el borde de un vestido azul celeste, con una estrecha banda dorada. Está muy cerca y corro hacia allá.
Al llegar, no queda más que el vacío, la huella de algo que estuvo y ya no está.
Una mirada a mi espalda. Me vuelvo y una figura azul, un rostro sin facciones, se oculta y reaparece tras otro tronco diferente.
Una cara.
Eugene sonríe y desaparece. Aquí al lado. Me apresuro a llamarla.
-¡Eugene!
Mi voz parece no llegar a ninguna parte, pero ella aparece cercana. Ya no viste túnica, sino shorts y camiseta sin hombros, negra.
Cuando alcanzo su posición, ya no está. El tubo yace sobre la hierba. Lo tomo, y miro alrededor. Vuelvo a llamar:
-¡Eugene!
Camino subiendo por una pendiente suave. Una sombra a la derecha, otra a la izquierda, más adelante, Eugene, Mila,... acelero el paso, pero cuando llego, ya no están.
Más alto, Eugene a mi izquierda, delante, Mila a la derecha, más adelante.
Eugene me hace señas con la mano, para que me acerque.
Mila me saluda, y me invita a subir.
Como si el suelo se moviera en sentido contrario al mío, ellas se alejan más cuanto más esfuerzo hago por acercarme.
Recuerdo el tubo.
Lo miro, lo sopeso: El suelo detiene su marcha.
Delante, tras un macizo de juncos, Eugene me llama por señas. Mila se entreve tras un cañaveral. En medio del sendero, Marta me llama por mi nombre, en tono burlón; se ríe de mí, y me señala a Brigitte.
Cuando alcanzo los macizos, exhausto, un corredor de aligustres bajos recortados marcan un camino recto.
A los lados, un jardín árabe donde el agua se desliza en revueltas conducciones, y los frutales, naranjos, granados, caquis, elevados sobre un foso, ofrecen sus frutos a la mano.
Más arriba, Marta me saluda. Tras un macizo aparece Gema y coge a Mila por un brazo. Ella se resiste. Marta asoma por el otro lado, y tira del brazo de Ginger. Forcejean. Eugene, tomada por Gema y Marta por un brazo, por Mila y Ginger por el otro, parece pedir ayuda.
Corro angustiado.
Cuando llego ya se han ido y súbitamente la pendiente se hace abrupta.
Grandes piedras cubiertas de musgo me detienen en una barrera difícil de salvar.
Por encima, en una pequeña meseta, Marta, Brigitte, Gema, Ginger, Mila y Eugene cantan una canción infantil en francés, y juegan al corro, descalzas sobre la hierba, vestidas de gasa hasta los muslos, y con guirnaldas de flores blancas sobre su pelo, mientras Ángel y el doctor, un poco más arriba, las observan y bailan ridículamente, y me miran y se ríen.
He de trepar sobre las enormes piedras. Mientras lo hago, no veo a nadie, pero las oigo cantar.
Al asomar en la meseta, sólo tengo tiempo de ver como la última ninfa desaparece en una cueva oscura, en negro contraste con el sol que cae de plano sobre la montaña.
Penetro en la cueva, iluminada al fondo desde algún punto abierto por encima en la roca hasta la superficie, y tomo el arranque de una escalera tallada en piedra, subiendo apresurado tras el eco de una carrera y risas cantarinas que me preceden y me guían.
La claridad aumenta hasta resolverse en una terraza abierta al valle en un lateral de la falda, abierta en un mirador delimitado con rústico vallado de troncos cruzados, al exterior de la gruta.
Contemplo el paisaje y compruebo que estoy muy alto, sobre las copas de los árboles que forman un ondulante mar verde oscuro.
Más abajo, y más lejos, una fuente, con una estatua de mármol blanco, brilla un instante, como en un guiño para atraer mi atención.
A pesar de la distancia, reconozco a la Venus, que eleva un brazo, como saludando, acercándose como en un zoom.
Su mano izquierda se eleva hasta tapar el sol, y a través de sus dedos marmóreos, los rayos de sol se refractan en un contraluz que produce ondas lumínicas circulares, más y más amplias, que me alcanzan, y me superan.
La Venus se aleja, recupera su tamaño distante, hasta que el bosque oscuro se la traga y su silueta blanca, informe y estática se diluye tras el verde oscuro.
Me vuelvo y veo que la escalera continúa subiendo. Arriba, risas y pasos rápidos. Me apresuro a subir.
El doctor y Ángel, apoyados en la cerca de madera, detrás de mí, me miran, y se miran, y se ríen, en calzoncillos cortos, con la parte superior del frac, corbata de lazo y alta chistera.
Yo me miro, para ver cómo voy vestido.
Voy vestido normal: Unos leotardos rayados, amarillo y naranja, una chaqueta verde, y un foulard fucsia.
Me tranquilizo, y me apresuro a subir. Voy vestido normal, estoy tranquilo. (No sé lo que es normal).
No hago caso de las risas de Ángel.
Más arriba hay otro mirador de amplia terraza.
Me asomo y verifico que la altura es inmensa.
La Venus, lejana, se perfila nítidamente: Puedo ver sus facciones blanco rosadas, transparentes, sonriendo enigmáticamente.
Su cuerpo desnudo, salvo por una toga que sujeta arrollada a su cintura con su mano derecha y tan sólo cubre sus pantorrillas por detrás, muestra un busto exuberante y orgulloso, un ombligo que se resuelve en una vulva semioculta por mórbidos muslos transparentes que su mano izquierda pretende cubrir, pero que ahora se levanta, lenta, hasta un primer plano.
Su mano se eleva hasta tapar el sol.
A su través, a contraluz, los rayos violetas, rojos, amarillos, se refractan en espirales compuestas de puntos microscópicos, y forman círculos concéntricos unidos por líneas que escapan disparadas en forma de estrellas irregulares.
A mi espalda, Ángel y el doctor me llaman, enfadaos por algo que yo no tengo constancia de haber hecho.
La mano, y la Venus, se ocultan tras el río y el soto bosque.
Se me ha caído el tubo.
Lo recojo.
Oigo la voz de Eugene, arriba, llamándome por mi nombre.
Subo otro tramo por el exterior, siguiendo el vallado de troncos cruzados, procurando no mirar hacia abajo.
Llego hasta el pabellón de madera policromada que culmina la montaña rusa, y que es el punto más alto del jardín.
Desde lo alto de la montaña rusa se domina todo el pueblo, y bastante más.
Los meandros del río se dibujan rompiendo la continuidad de la interminable arboleda.
A pesar de la homogeneidad, se destacan algunas copas descomunales: El inmenso Pacano, un anciano Ciprés, rompen la tupida capa y marcan puntos en el cielo y en el suelo.
Triangulando con la montaña, el único punto que formaba polígono regular tenía su cuarto vértice en la invisible Venus.
Eugene, con la palma de su mano izquierda en una medida elevación, deja escurrir por sus dedos los rayos de sol que, refractados por su piel sonrosada, forman círculos concéntricos en secuencia cromática, mientras en su lenguaje sin voz me explica los secretos del jardín.
Bajo el Pacano, se accede al subterráneo que salva por debajo la laguna que rodea la Isla del Ermitaño.
Al pie del Ciprés se sitúa el arranque de la escalera que sube por el interior de la montaña, junto a los invernaderos.
Sin embargo su expresión, la de Eugene, me resulta desconocida, no la relaciono con ella ni con ninguna otra.
Alterna entre seria y burlona, en un gesto forzado, nada natural.
Al dejar caer su mano, sus facciones se entristecen en una genuina pero sólo intuida Eugene.
Me habló del precio a pagar por la sabiduría.
Me hablaba en francés, en ingles, sin palabras, pero yo lo entendía todo, y comprendía su preocupación.
Los círculos concéntricos, independientes ahora de la refracción, marcaban puntos, nudos y conexiones en un esquema aéreo que semejaba un plano, que yo reconocía con claridad, pero que ahora no recuerdo.
Eugene comenzó a llorar, y se abrazó a mí.
Su cara desapareció sobre mi hombro.
Humedecía mi cara, mi hombro, mi frente.
(...)
Me desperté sudando...
Angustiado, deslumbrado por la bombilla desnuda que daba sobre mi cara.
Mi sudor no estaba justificado por el calor.
Me sentía triste, enfermo y desamparado sin causa.
Me apresuré a anotar todo lo que recordaba del sueño, sin saber por qué.
Terminé pronto, me pareció.
No había pasado una hora de reloj desde que me había tumbado con la intención de meditar.
Apagué la luz, me tumbé, y me dormí de inmediato, agotado.
Evitando el reino de Morfeo con la cara al cielo, hundí mi cabeza bajo la almohada, y ya no desperté hasta bien entrada la mañana.
El fichero escrito durante la noche estaba allí, delator.
Lo escondí en un directorio inútil creado a propósito para ser olvidado.
La mano de la diosa
de Juan Antonio Pizarro Martín
Portada de Luis Tobalina
Publicada por Ediciones Atlantis
Hortaleza 104
28004 Madrid
Tlf: 91 702 51 73-657 922 155
Pedidos contrareembolso
ISBN 978-84-96621-63-3
domingo, noviembre 25, 2007
La mano de la diosa. Novela.
La mano de la diosade Juan Antonio Pizarro Martín
Portada de Luis Tobalina
Publicada por Ediciones Atlantis
Hortaleza 104
28004 Madrid
Tlf: 91 702 51 73-657 922 155
Pedidos contrareembolso
ISBN 978-84-96621-63-3
Sinopsis de la obra:
Juan T. Volta, escritor de relativo éxito, está secretamente instalado en Aranjuez donde trabaja en su última novela. Su rutinaria vida se ve rota por la aparición de un e-mail firmado por “Sereira”.Sereira resulta ser Eugène, una joven atractiva e inquieta que le dice a Juan que “tiene la marca”, y a la que Juan cree tan sólo porque ella luce un buen cuerpo y parece interesada en él.Sus actividades les llevaran como un torbellino a meterse de lleno en una historia de puertas estelares, extrañas apariciones e intereses en que Juan aprenderá a ver las cosas de otro modo, mucho menos cínico, y donde todo se resolverá al final en una fuente de Aranjuez, en la mano de la diosa.
Presentación en el CC Isabel de Farnesio de Aranjuez.
Cuatro Esuinas. Margarita Martínez.
Se presentó el martes 6 de noviembre su primera novela «La mano de la diosa» en el Centro cultural Isabel de Farnesio.

Como el autor le tiene pánico al público, le echaron una mano sus amigos y el editor de la obra .
El acto tuvo de todo, humor, emoción y hasta prisas (a las nueve había partido del Madrid).
El autor echó mano de sus amigos, que además son sus primos, José María y Julia, para la puesta en escena de su obra «La mano de la diosa».
Antes el editor, Raúl Álvarez habló de la novela y la calificó de «extraña, con aventura, amor.
Hasta aquí parecería una novela rosa, pero luego empiezan a abrirse puertas espacio-temporales y todo se complica. Yo pensé que una novela desarrollada en Aranjuez para ser interesante debía tener un narrador y unos personajes muy buenos.
Juan Antonio lo ha conseguido y ha sido capaz de dar un toque exótico a la ciudad».
El autor sólo dijo una cosa «Me gusta mucho más escribir que hablar. Intentad pasar del segundo capítulo y seguro que os enganchará».
Luego sus amigos hablaron de Juan Antonio Pizarro como persona y profesional. Julia dijo de él que «es un poco distinto, loco, pero a la vez muy humano y desinteresado. La novela no te hará rico, pero nunca serás pobre, porque tienes un sueño». Su primo José María resaltó también su faceta como profesional de la Electrónica y un infatigable y minucioso currante «muy admirado siempre en su trabajo, en sus viajes...»
Pero sin duda quien más emocionó al público fue el padre de Juan Antonio, gran amante de la Literatura. «Hijo me ha sorprendido que hayas sido capaz de terminar una novela. Con eso has conseguido lo que tu padre siempre deseo pero nunca hizo. Gracias hijo por escribir este libro».
Por cierto, la obra se puede adquirir ya en Aranjuez (librerías Rey, Estudio, Roda, Ara de Jove, Librería Aranjuez y E. LECLERC).
El autor, Juan Antonio Pizarro Martín.
Nacido en Madrid pero residente en Aranjuez desde siempre, disfruto de esta población privilegiada por sus jardines y sus sotos, como lo hará cualquiera que se acerque por aquí; y no puedo evitar hacerlo notar en mis escritos.

No hay mucho más de notable para el público en mi biografía, salvo que interese saber que nací en el 59 del siglo pasado, bajo el signo de Sagitario.
Y que la novela se la dedico a mis padres y también a Maite y Magda, por haber sido tan pacientes conmigo.
Igualmente he de agradecer el poema prólogo a Marcela Vanmak.
Y por supuesto a mi amigo Luis Tobalina, autor del dibujo de la portada.
Se encuentra a la venta en Madrid, en La casa del Libro, FNAC Fuentetaja, Crisol, Antonio Machado y El Corte Inglés, entre otros.
sábado, octubre 27, 2007

La mano de la diosa
de Juan Antonio Pizarro Martín
Portada de Luis Tobalina
Publicada por
Ediciones Atlantis
Sinopsis de la obra:
Juan T. Volta, escritor de relativo éxito, está secretamente instalado en Aranjuez donde trabaja en su última novela. Su rutinaria vida se ve rota por la aparición de un e-mail firmado por “Sereira”.Sereira resulta ser Eugène, una joven atractiva e inquieta que le dice a Juan que “tiene la marca”, y a la que Juan cree tan sólo porque ella luce un buen cuerpo y parece interesada en él.Sus actividades les llevaran como un torbellino a meterse de lleno en una historia de puertas estelares, extrañas apariciones e intereses en que Juan aprenderá a ver las cosas de otro modo, mucho menos cínico, y donde todo se resolverá al final en una fuente de Aranjuez, en la mano de la Di
osa.Presentación en el CC Isabel de Farnesio de Aranjuez.
Cuatro esquinas -> cultura -> La mano de la diosa, un toque exótico a la ciudad.
Se presentó el martes su primera novela «La mano de la diosa» en el centro cultural Isabel de Farnesio.
Como el autor le tiene pánico al público, le echaron una mano sus amigos y el editor de la obra .
El acto tuvo de todo, humor, emoción y hasta prisas (a las nueve había partido del Madrid).
El autor echó mano de sus amigos, que además son sus primos, José María y Julia, para la puesta en escena de su obra «La mano de la diosa».
Antes el editor, Raúl Álvarez habló de la novela y la calificó de «extraña, con aventura, amor.
Hasta aquí parecería una novela rosa, pero luego empiezan a abrirse puertas espacio-temporales y todo se complica. Yo pensé que una novela desarrollada en Aranjuez para ser interesante debía tener un narrador y unos personajes muy buenos.
Juan Antonio lo ha conseguido y ha sido capaz de dar un toque exótico a la ciudad».
El autor sólo dijo una cosa «Me gusta mucho más escribir que hablar. Intentad pasar del segundo capítulo y seguro que os enganchará».
Luego sus amigos hablaron de Juan Antonio Pizarro como persona y profesional. Julia dijo de él que «es un poco distinto, loco, pero a la vez muy humano y desinteresado. La novela no te hará rico, pero nunca serás pobre, porque tienes un sueño». Su primo José María resaltó también su faceta como profesional de la Electrónica y un infatigable y minucioso currante «muy admirado siempre en su trabajo, en sus viajes...»
Pero sin duda quien más emocionó al público fue el padre de Juan Antonio, gran amante de la Literatura. «Hijo me ha sorprendido que hayas sido capaz de terminar una novela. Con eso has conseguido lo que tu padre siempre deseo pero nunca hizo. Gracias hijo por escribir este libro».
Por cierto, la obra se puede adquirir ya en Aranjuez (librerías Rey, Estudio, Roda, Ara de Jove y E. LECLERC).
El autor, Juan Antonio Pizarro Martín.
Nacido en Madrid pero residente en Aranjuez desde siempre, disfruto de esta población privilegiada p
or sus jardines y sus sotos, como lo hará cualquiera que se acerque por aquí; y no puedo evitar hacerlo notar en mis escritos.No hay mucho más de notable para el público en mi biografía, salvo que interese saber que nací en el 59 del siglo pasado, bajo el signo de Sagitario.
Y que la novela se la dedico a mis padres y también a Maite y Magda, por haber sido tan pacientes conmigo.
Igualmente he de agradecer el poema prólogo a Marcela Vanmak.
Y por supuesto a mi amigo Luis Tobalina, autor del dibujo de la portada.
Se encuentra a la venta en Madrid, en La casa del Libro FNAC Fuentetaja, Crisol, Antonio Machado y El Corte Inglés, entre otros.En Aranjuez, en la Librería Estudio (Calle Valeras) y próximamente en el resto de librerías.



