sábado, 30 de abril de 2016

Aranjuez Anneau-Tournant

          La proyección de la torre, de unos determinados relieves de la torre, en su centro geométrico, alineados con el sol en el ocaso de su solsticio, determina una posición de las doce posibles del Anneau-Tournant, con una declinación, ascendente o descendente con respecto a las otras.

Partiendo desde esa posición única, se producen una serie determinada de giros, a derecha o izquierda, en una determinada secuencia y graduación, similar a la combinación de una caja fuerte, que va dando las partes del total capaz de abrir la “Puerta”.
Todo ello exige un momento especial, concreto en el espacio tiempo.
Y la apertura, una vez arrancado el mecanismo, se produce de forma automática, exista o no la voluntad externa que la provoque.
Los testigos del hecho quedan informados, y autorizados.
La idea del doctor es forzar la secuencia, el arranque, fuera de plazo, para adelantarnos al próximo solsticio, en previsión de alguna situación desafortunada que no concretó, pero que podíamos por experiencia imaginar.
Mediante el cálculo teórico de las posiciones celestes que se darán y haciendo uso de un complejo simulador, se reproduce de forma virtual el instante, siendo entonces nosotros capaces de forzar la secuencia desviando el rebote sobre la superficie de la torre del rayo infrarrojo, invisible, con una pequeña lente fabricada ex profeso con antelación en la universidad Autónoma, que debía situarse a una hora y en una posición exactamente determinada y de la que conocíamos todos los detalles, de forma que la refracción en un pequeño grado del haz lumínico lo condujera justamente hacia donde llegará dos días después.
Esto pondrá en marcha el mecanismo a voluntad, con la antelación buscada.
Con este mismo objetivo, el doctor sopesó la posibilidad de usar la máquina del tiempo que ya conocíamos para, en un corto viaje de ida y vuelta, recoger los datos geográficos necesarios y retroceder: Máquina del tiempo, Anneau-Tournant, máquina,... 22 de junio, 24 de junio, 22 de junio,...
Pero eso equivalía a exponernos a un peligro cierto, que no había motivo para correr.
Era mucho mejor idea probar el adelanto virtual.
A ninguno nos apetecía volver bajo el regajal, aún sabiendo que ya no existía peligro alguno.
Así que el doctor y su desconocido equipo universitario se centraron en el cálculo.
Según él, y a juzgar por los datos que veníamos manejando, casi podía adivinar el resultado, lo que resultaba indudablemente ventajoso.
Nuestra situación geográfica al pie de la fuente ya estaba exactamente definida.
Aunque no era nuestro destino final, resultaba un buen punto de partida.
(...)
Con la lección bien aprendida, elegimos una hora tardía.
Era preciso permanecer dentro del jardín después de la hora de cierre. Pero Eugène aseguró que esto no sería problemático, aunque no explicó sus planes.
Como de costumbre, reprimí mi deseo de preguntar.
Pero permanecer escondidos dentro del jardín mientras los guardias hacían la última ronda antes de cerrar las puertas de hierro no me parecía una misión complicada.
Ni siquiera, por lo que había podido observar, hubiera sido dificultoso entrar o salir del jardín fuera de las horas permitidas, utilizando para ello cualquiera de las puertas que sobre pequeños puentes cruzan la ría, que no se abrían nunca y que por ello estaban siempre descuidadas de vigilancia.
Otra cosa sería pasar desapercibidos ante los circuitos cerrados de televisión que ofrecían a la central de vigilancia barridos de imágenes desde posiciones estratégicas.
De todas formas, como de costumbre, no me quise preocupar de esos detalles, yendo con Eugène...
Como vulgares turistas curiosos, entramos al parterre por la puerta principal, con bastante tiempo por delante, y paseamos bajo los magnolios siguiendo la verja de la ribera del río, camino del puente que comunicaba el parterre y el palacio con la isla.
Nos detuvimos a ver cómo unos niños alimentaban con migas de pan a los haítos patos que deambulaban abajo, en un remanso del río tras la presa, porque nos sobraba tiempo y era agradable ver discurrir el agua verde, tempestuosa sobre la cascada, calmada un poco más abajo.
Después, tras rodear a Hércules, enfilamos el largo corredor de fuentes que desembocaba en la de Baco, atravesando muchas otras, entre las que se encontraba nuestro objetivo.
En un rato estábamos sentados, hipnotizados por las piruetas acuáticas y las borboteantes composiciones musicales del único chorro de agua que se eleva sobre la sencilla pileta del Anneau-Tournant.
Nuestro silencio, respetuoso con el ingenio artístico, no fue de momento roto, por tácita decisión. Simplemente, dejábamos que el tiempo discurriera, como el agua.
Eugène había tomado mi mano con la suya izquierda, como otras veces, como en forma casual.
Un leve cosquilleo, un leve escalofrío que atribuí a mi melancolía, parecía alcanzarme a su través.
Su mano se notaba fría, pero en absoluto desagradable.
Cuando observamos que los paseantes se iban dirigiendo sin prisa hacia la salida, porque varios avisos en forma de toques de corneta desafinada, a nuestra espalda, advertían del inminente cierre, hice amago de levantarme, al observar a nuestra espalda que el guardia uniformado, con la corneta en la mano, cerraba la lenta procesión.
Pero Eugène aumentó un poco más la presión sobre mi mano, en muda señal de que permaneciéramos inmóviles, sentados sobre la fresca piedra del banco.
Cuando el guardia llegó a nuestra altura, dirigió su mirada al banco vacío de su izquierda. Luego al de su derecha, donde nosotros encaramos sus negras gafas de sol.
Sin hablar, volvió la mirada al frente, hacia la fuente, para rodearla, justo por delante nuestro, al tiempo que volvía a embocar la corneta, emitiendo, un poco más adelante, otro monótono y desafinado aviso.
Al poco, desapareció bajo las sombras de los árboles del largo paseo.
Cuando se hizo evidente que el último turista, seguido del último guardia, habían abandonado el jardín, Eugène acarició un momento mi mano sudorosa, antes de soltarla.
He de confesar mi perplejidad, en primera instancia.
Contemplando al guardia alejarse, con la boca un tanto más abierta de lo normal -la mía, quiero decir-, me preguntaba si el vigilante pudiera formar parte del complot de amigos de Eugène y el doctor, lo que ya no me resultaba tan descabellado; pero me pareció improbable, porque la clara impresión que me produjo su mirada y su actitud tras los negros cristales no era de complicidad, como hubiera sido el caso, sino de que, en realidad, no nos había visto.
Lo cual era, a todas luces, impensable.

sábado, 23 de abril de 2016

Aranjuez. La corrala en los Arcos.

         Cuando conseguimos levantar, con un empujón conjunto, la trampilla -en realidad más grande y pesada de lo apreciado-, una fuerte vaharada de humedad inundó el pequeño habitáculo.

         Los pájaros se alteraron ante tal novedad, estallando en un coro descoordinado, y los tres a la vez mostramos nuestro correspondiente gesto de desagrado retrocediendo en forma automática, antes de mirar, por turno, hacia el agujero negro, prácticamente cuadrado, que se abría a nuestros pies.

Habíamos dejado el portillo apoyado tan solo en las bisagras, por encima de los noventa grados respecto de nuestro plano, al retroceder por causa del húmedo y denso vapor invisible.
Prácticamente a ras del piso aparecía un primer escalón -marco de hierro y base de madera, bien ajustada-, intuyéndose el declive tras la absoluta oscuridad.
Adelantándome, y apoyado en este primer escalón, que me pareció suficientemente sólido, y con la ayuda de Eugène y Mila  desde el exterior -una linterna potente en mi mano derecha, y un pañuelo sobre mi boca y nariz-, inicié el descenso, despacio, porque no me fiaba de la solidez de la escalera.
Aproveché para preguntarme a mí mismo por qué iba yo delante, si no sabía qué buscábamos, ni mi interés sobre lo que fuera era grande. Me contesté que Mila -su presencia-, tenía algo que ver con esta decisión mía. Pero mi respuesta no me satisfizo del todo.
Cuando la boca de entrada estuvo a unos cincuenta centímetros de mi cabeza, toqué el piso de piedra u obra, asegurándome que no estuviera resbaladizo. Olvidé mis capciosas preguntas, para concentrarme en la exploración.
Había descendido bastante cómodamente, apoyándome en una barandilla de hierro adosada al lateral derecho de la escalera,  aún con la linterna bien sujeta, que todavía me resultaba inútil, puesto que sólo estaba verificando la solidez de los peldaños, sospechosos de podredumbre en la madera sometida a tal ambiente húmedo. No aprecié, sin embargo, nada que confirmara mis sospechas. Por el contrario, la bajada resultó sencilla.
Me pareció, y así era, que el otro lateral carecía de barandilla, lo que comuniqué a mis chicas, arriba, junto con la seguridad del trayecto, después de barrer de arriba abajo la escalera con la linterna.
Se trataba de una armadura de hierro que formaba una pieza soldada con la barandilla, armadura en la que se encajaban con precisión los tablones, lisos y sujetos con tornillos a la base metálica. Evidentemente, una obra relativamente reciente.
Su aspecto era bueno y sólido, y sólo leves crujidos delataban la madera en la zona central de los escalones, cuando apoyaba mis precavidos pasos allí donde el piso no tenía sujeción ninguna.
Mientras enfocaba lo que pensé sería la pared del fondo del recinto -que no logré alcanzar-, escuché cómo Eugène me seguía, y pronto noté sus brazos sobre mi cuello, como si hubiera tropezado.
Pesaba poco. Estas muchachas de ahora no comen. Así que me volví para ayudarla a bajar, lo que hice trasladándola por el aire, como una niña juguetona, sin gran esfuerzo. Y esperé para realizar similar operación con Mila, que ya se recortaba sobre el cuadrado de luz de la salida.
Se me ocurrió, mientras bajaba Mila, qué pasaría si ahora, por cualquier motivo, se cerraba la puerta del sótano.
Podríamos levantarla sin dificultad, siempre que nada desde el exterior lo obstaculizara.

sábado, 16 de abril de 2016

Pedanía II

       Y como Eugène ha logrado entusiasmarme en alguna forma perversa -me temo que no muy científica-, acepté la posibilidad que me planteaba, sin discutir. A costa de algunas páginas de mi novela.

Aquella pedanía de Aranjuez, punto que parece indicar su misteriosa pista, es de construcción relativamente reciente en todo caso, y muy reciente considerando las pretendidas indicaciones del mensaje que presuntamente contiene.
No es óbice ello, sin embargo, si consideramos una cadena que se desplaza a lo largo del tiempo -en paralelo con el tiempo-, ¡y vuelta a empezar!...¡Qué imaginación desbordante la suya!
-Todo ello suponiendo que no se trate de un mensaje apócrifo –trataba de explicarme.
Yo me dejaba convencer, íntimamente avergonzado por ello.
(...)
Nos dirigimos a la bodega en su coche, para encontrar que se halla actualmente en funcionamiento comercial.
Sobre su forma de conducir, me reservo la opinión, por el momento.
El Cortijo está a unos cinco o seis Kilómetros de Aranjuez, por carretera descuidada, a unos diez minutos en automóvil. Cinco minutos en el caso de Eugène...(dije que no iba a opinar).
La bodega formaba un todo con la iglesia y las casas bajas de la pedanía, habitada en su mayoría por colonos llegados en diferentes oleadas.
Se trata -como el casco viejo que la cubre en toda su extensión-, de una construcción neoclásica situada en una de las pedanías de Aranjuez, repoblada ex-profeso por la monarquía para atender las necesidades de la cocina de la corte mediante sus huertas regadas por el río y sus azudes o acequias, sus ganaderías autóctonas y exóticas y los aborígenes cultivos de secano en la meseta, como la sandía y el melón, traídos de Levante, probablemente.
Y por supuesto, sus viñas ancestrales, con especies escogidas y reconocidas.
La bodega, como dije, había sido recientemente re abierta como tal, habiendo permanecido olvidada durante cien años, siendo tan sólo utilizada esporádicamente para el cultivo del champiñón, como acertadamente supuse.
Es de obra sólida, bien diseñada y planificada para su uso, y sirve de base a todas las construcciones originales de la pedanía, teniendo comunicación con alguna de las casas, alguna abertura exterior que sirve de respiradero, y dos entradas importantes, una de ellas principal, porticada, a pie del suelo, aprovechando el desnivel entre las tierras bajas de la ribera y las más elevadas donde se asienta la pedanía.
Esta entrada, a la derecha de la iglesia y por debajo de ella, según se viene de Aranjuez, es de factura cuidada, de estilo barroco, y suficientemente grande para permitir a la vez el paso de dos carruajes de caballos de los de la época de su construcción.
La bodega se podía visitar: Era una táctica comercial acertada.
Efectivamente, existía la galería cegada.
No estaba realmente oculta. Simplemente no se imaginaba a dónde pudiera llevar. Nadie la recordaba ni figuraba en los planos, que se habían elaborado recientemente. Si no se sabía que estaba allí, o se buscaba, no había señales que la indicaran.
Aparentaba otro muro de ladrillos más de los que interrumpían la galería abovedada.
Enladrillada, si se prestaba atención, en época más reciente que el resto de las paredes.

domingo, 10 de abril de 2016

Pedanía

    Los sótanos o bodegas existen en todas las construcciones antiguas de Aranjuez, y la leyenda popular hace comunicar los edificios importantes mediante una red de túneles.


Su existencia es dudosa, al menos en la magnitud en que es imaginada, aunque la idea es muy popular en la historiografía local, porque para los autóctonos explican u organizan historias truculentas o indecentes referidas a la nobleza, la realeza, la clerecía, la corte en general que siempre habitó el pueblo, donde caben relatos de amores, guerras, infidelidades, conspiraciones, complots; actividades que requieren del ocultamiento, historias a las que en Aranjuez las gentes son muy aficionadas y -se non e vero, e ben trovato-, dan pistas sobre hechos reales, simpatías y antipatías del pueblo.
Y como Eugène ha logrado entusiasmarme en alguna forma perversa -me temo que no muy científica-, acepté la posibilidad que me planteaba, sin discutir. A costa de algunas páginas de mi novela.

sábado, 2 de abril de 2016

Aranjuez. Mariblanca.

Lo más importante es la Venus
-¿Por qué? Es una referencia tan evidente...

-Quizá por eso -por obvio- me había pasado desapercibida ¡La he visto tantas veces! Además, ha sufrido muchos cambios y variaciones de posición.

-Eso no hubiera debido tener importancia, según tu teoría.
-Lo olvidé. En cualquier caso, en este punto yo no te he podido servir de referencia, porque es algo que yo ya había descartado.
-¿Y eso qué significa?
-Podría ser algún tipo de inspiración, o alguna cualidad que no habíamos detectado en ti. Al fin y al cabo, tú eres escritor... Pero no lo creo.
-¡Gracias por la confianza!
-No es eso. Ten en cuenta que hay otras formas de insuflar ese tipo de información...
-¿A qué te refieres?
-Podría ser inducida por el enemigo.
-¡No sé qué me da más miedo, lo del enemigo o lo tuyo!...
-No bromees. Esto es serio.
-Bien –¡Bien lo sabíamos! La especulación parecía animarla, así que no comenté lo que me pasó por la mente. Dejé que siguiera.
-La cuestión es analizar la imagen, desmenuzarla para tratar de descifrar su significado. Hay detalles muy sugerentes.
-Mi impresión más persistente –quise colaborar- es la actitud de la figura, y el gesto con la mano, que me evoca un saludo, o una autorización...
-... Y produce un resultado, un efecto. No querría equivocarme, pero sugiere una  Puerta. Tengo que consultar urgentemente con el doctor, y no voy a utilizar un teléfono para hacerlo. Me voy a Madrid.
-¿Te espero a cenar? –dije sin esperanza: El retorno de su idée fixe (me inclino por la locura perniciosa) era evidente.
-No sé –meditó un instante-. No esperes –decidió por fin, sin querer mirarme a los ojos-.
Y Eugène se fue.
Me dejó algo preocupado, por su estado anímico, pero enseguida lo olvidé, porque para mí, en mi propia situación, me resultaba una carga excesiva.

domingo, 13 de marzo de 2016

Sinestesia

La montaña rusa

La mañana es azul, o roja, negra o amarga ...
Huele a rocío gélido, a pluma de gaviota perdida y abandonada la noche de antes.
















Sabe a piel de melocotón en almíbar naranja claro, tintado sin fe.
Húmedos sonidos de sal roja, deambular melodioso.
La noche, lenta y deseada rutina de letras verdes, atrevidas y necesarias.
Cada día, una ausencia de color rosado, marca la hora de una nostalgia sepia que sabe a blues y country, a guitarra especiada con cilantro y meigallos ancestrales, acres sombras del pasado.
Luego visualizo una imagen dulce...
Y apago el ordenador.
(…)
-Piensa en algún paisaje de los que menciona Eugène en su diario. Alguno que te agrade o tranquilice.
Por supuesto, Fulcanelli conocía de qué forma Eugène se comunicaba conmigo. Aunque no los detalles concretos. Entendí que, de alguna forma, él había participado en alguno de esos pasajes. Pero no en la mayoría.
-¿Cómo el Anneau Tournant? –pregunté-.
-Algo así.
-¿Y después?
-Desea estar allí. Es suficiente.
Pensé…
(…)
“He observado que, cuando duermo cara al cielo, al techo, vamos, es cuando los sueños escapan de su habitual zona inconsciente para ocupar la memoria consciente, penetrando en el mundo que decidimos real, y son recordados como una actividad más.
Supongo que es ésta la causa de que recuerde en particular este sueño.
Quizá existen otros motivos, que no me interesa investigar.
Probablemente la luz del techo me sugirió el escenario: la luz del sol de principios de verano filtrándose a través de las hojas estrelladas del liquidámbar que la primavera, que se acababa, había transformado en tupidas  y sombrías copas.
Luces cambiantes al lento ritmo del paseo, filtradas por los diferentes verdes, amarillos, rojos de sus hojas.
No conocía lo suficiente el Jardín del Príncipe: Tan sólo había paseado de forma descuidada y atento a mis historias interiores por sus avenidas arboladas y sus bosques artificiales, pero evidentemente mi subconsciente no dejó de trabajar, porque, como en todos los sueños, las sensaciones eran muy vívidas y particularmente precisas, acaparando detalles indudablemente reales.
Sin duda la imaginación y mis temas ocultos completaban sin pudor los detalles.
Miraba al cielo, y sentía la húmeda bruma que levantaba al andar.
Al frente una abertura en la arboleda, a cielo abierto, azul y limpio de nubes, incluso de aves.
La Montaña Rusa se dibujaba sobre el fondo, nítida, como una tarta de brócoli.
Sólo verdes oscuros, salteados de grises troncos de plátano. Y en su cúspide el pabellón de madera que servía de mirador, entre otras funciones más privadas que permitía su situación privilegiada.
El camino se veía despejado, y avancé decidido, pero sin prisa, hacia la salida del húmedo túnel que se defendía aún del verano mesetario”.
(…)
-Desde aquí se ve la mano de la diosa –afirmé, mirando a la lejanía, más allá de la gran masa de árboles.
-Eso pensaba Juan –contestó Fulcanelli, apoyado en la baranda de la celosía, a mi lado-.
-Desde luego, la puesta de sol sí que vale la pena.
-Sin duda, y es buen momento, un buen lugar para la confidencia –Y añadió-. No te quiero presionar.
-Esta mañana, como adivinaste, quedé con Celia.
Yo no le miraba. Mi mirada intentaba sin más ir distinguiendo las diferentes especies y los diferentes colores del bosque que se extendía a nuestros pies. Proseguí.
-Normalmente dedicamos un rato, en la cafetería, antes de clase, a comentar algún incidente o chisme… Quiero decir, que yo escucho, y ella comenta.
-Lo creo.
-Me está dando lecciones del uso de mi móvil. Parece divertido.
Ahora Fulcanelli no dijo nada. Y yo no me detuve.
-Hoy Lilith venía con un plan hecho.
-¿Lilith?
Me volví a escrutar su expresión. No parecía más preocupado de lo normal. Volví a perder mi mirada entre los árboles. Y continué.
-Sí, Celia es Lilith en el mundo del móvil. En las redes sociales, supongo. Yo soy Sereira.
- Eugène.
-Sí. El caso es que Lilith, Celia, me llevó a hacer una excursión no programada.
-¿Muy lejos?
-En realidad creo que no tanto. Necesitamos conducir para llegar al centro.
-Os llevó Samael.
-No. Condujo ella. Samael estaba en otro sitio.
-Sorprendente.
-¿A que sí?
-Bueno, en algún momento Celia, Lilith, tenía que dar la cara.
Me sentí de nuevo manipulada. Parecía la tonta de la película. Todo el mundo sabía, menos yo…
Pero ahora no me importó. Al fin, parece que el tema no puede ser tan grave, puesto que Fulcanelli lo había previsto…
-Usamos un pasadizo aparentemente oculto, que -desde un aparcamiento del centro, no sé decir cual-, lleva hasta la cueva de Salamanca.
-A la cueva del Nigromante.
-Sí. A un mirador desde el que se domina la cueva, sin ser visto.
-Entiendo. No hay tanta distancia.
-Allí estaba Samael, Celia me dijo que era él, aunque yo no pude verle.
Fulcanelli no dijo nada. Así que continué.
-Al parecer, dirige una especie de secta, satánica o folclórica, de la que Celia forma parte. Y quieren que me adhiera…
-¡Qué estupidez!
-Sí. En definitiva, no sé si Samael sabía que estábamos allí, o no.
-Parece que Celia quiere impresionarte.
-Lo consiguió. Volvimos por el pozo del Huerto de Calixto y Melibea.
-Conozco ese camino, en parte.
-Después quedamos para ver la grabación de video que Celia tomó desde el mirador de la cueva. No tan impresionante…
-Esas tenidas son bastante previsibles.
-Parece que sí. El caso es que Celia… quiere conocerte.
Fulcanelli calló, un largo rato.
Por fin, se decidió a contestar.
-Buen resumen. Y una bonita excursión. ¿Volvemos?
(…)
Sin solución de continuidad, volvimos a la plaza de la catedral. Anochecía.
-No sé si va a ser posible –dijo al fin Fulcanelli-. Espera a mañana, y te daré una respuesta. Mientras, descansa. Y no comentes con nadie más esta historia.
-Me tomarían por loca –quise bromear-.
-Puede. Por si acaso.
Fulcanelli se levantó, quizá preocupado. Evidentemente no lo veía con claridad. Dijo hasta mañana, y se fue por la esquina de la plaza.
Yo bajé hasta la parada del autobús, y tomé uno de los últimos, camino del apartamento.
Iba pensando hasta dónde había podido adivinar Fulcanelli en qué consistió la excursión, y hasta qué punto Celia quería impresionarme…
De camino, comprobé que había varios mensajes de Lilith acumulados en el móvil.
Ninguno importante.

sábado, 12 de marzo de 2016

Aranjuez

Me agrada este lugar. Me agrada Aranjuez, su gente.

















Me gusta tener que ponerme en contacto con Juan. Me gusta Juan.
Es tan inocente…
Será como arcilla en mis manos, si él lo desea. Sospecho que no podré acercarme a él sin lograr una implicación emocional; pero me apetece hacerlo así…
Me gusta cómo escribe, cómo describe esas relaciones tan llenas de romanticismo erótico: Creo que su imaginación ha de ser desbordante.
¿Y qué si no se cumplen mis expectativas?
Será lo mismo, pero más aburrido, más mecánico.
Mi motivación se vería muy rebajada.
Pero si resulta a la primera, si se ve atraído por mi cebo, creo que las cosas se desarrollarán a mi gusto, más allá de la obligación moral…
Estoy deseando que conteste a mi correo. Estoy segura de que lo hará.
(Qué ridículo, insacular: Juan sí es un poco ridículo -como tantas de las historias que narra, ridículas y excitantes, placenteras-, tan superficial y anodino.)
Sobre la marcha, tendré que decidir mi modo de actuar.
Pero no puedo dejar de imaginar cómo será nuestro primer encuentro.
Se molestará: Los solteros vocacionales son muy celosos de su estado. Se comportan como misóginos por la fe.
¡Pura fachada!
Le haré una proposición que no podrá rechazar…
(…)
Al atardecer nacían las dudas. Junto con la consabida tristeza.
El sol anaranjado, tras la colina baja, evidencia las culpas. Se alargan las sombras de pecados fantasmas.
Era el momento en que, últimamente en forma casi automática, encendía su móvil, para llamarle.
Qué criatura tan sensible, desbordante de inocencia animal...
El brillo lascivo de sus ojos resbalaba todavía por su piel, sentía ahora un leve escalofrío, aún abrazándose las rodillas, en posición fetal, su ashana reflexivo desde la infancia, la mirada perdida, el oído atento a lo exterior y a lo interno...
Un cosquilleo placentero al rozar involuntario del vello de su pubis, recordaba pasadas incursiones, prometía nuevas exploraciones...
Se le iba haciendo una rutina imprescindible escuchar el contenido entusiasmo de su voz al constatar la cita vespertina, casi siempre renovada, las largas noches derrotando, hasta la extenuación, los sentidos...
Le daba miedo ese dejarse llevar confiada, recoger de su mente el estallido que elevaba su propio éxtasis creciente, el "no saber" alquímico...
Repetido y diferente... Las fases de la Obra se aceleraban tras cada encuentro.
Se sentía, sin embargo, malvada, traidora... y débil.
Su mente desnuda, inerme, entre sus dedos y sus labios.
La acción sofocaba el incendio latente de sus entrañas.
(...)
-¿Hola?...
...
-A las once. Ya he cenado...
...
-¡Jajaja! ¡Claro! Cosas verdes de esas que me gustan....
...
-Eso, cuida tu colesterol con cariño. Hasta luego...
(...)
-Lección de hoy. A veces es posible mantener dos conversaciones al tiempo...
-O tres…
-No hablo del lenguaje de las manos...