sábado, 6 de febrero de 2016

Algo equívoco

Condenada a la confusión



O sea que al final sólo quería fotocopiar mis apuntes.
Me pareció un chico simpático, de aspecto. Atractivo. Joven.
Aunque indudablemente, fui yo quien lo buscó. No pensé que fuera tan sencillo.
Las largas charlas nocturnas en el orfanato habían derivado, por fin, en algo útil.
(…)
¿Seductor?
Creo que yo resulto demasiado fácil de seducir.
Y es cierto que no hago ningún esfuerzo por...
Aprecio mi soledad elegida. Me siento bien sola.
La soledad no me abruma, porque siempre he convivido con ella. Forma parte de mí.
Pero siento gran curiosidad. Hay situaciones, familiares, afectivas, que no puedo echar de menos porque nunca las tuve.
Como sea, agradezco que él me echara una mano con internet.
Fuera de páginas científicas, me pierdo.
Las páginas comerciales parece que están hechas para que no encuentres lo que buscas.
No lo hubiera esperado de una editorial.
Pero claro, ellos venden libros, e intentan engancharte, mantenerte el máximo de tiempo posible, porque forma parte de su negocio.
El objetivo parece cumplido. Y tampoco tengo yo derecho a hacer juicios de intenciones, cuando las mías no eran “limpias”, aunque fueran ejecutadas en ese territorio de la confusión.
Misión cumplida, por otro lado. Ya tengo una dirección de correo electrónico.
¿Ahora qué?
Hasta esta noche, en la cama, sé que nada me inspirará.
¡A lo tuyo!
¿Alemán, o química?
Estructuras de Lewis:
Un enlace covalente se produce… o tienen electronegatividad similar, los electrones… y el enlace es considerado no polar. Una carga parcial negativa, y el elemento menos electronegativo adquiere una carga parcial positiva. Las cargas parciales se denotan comúnmente con la letra griega " d"...
¡Al cuerno!: Agencias de viajes...
(…)
Aunque yo me limitaba a escuchar, generalmente se daba por descontado que estaba allí.
Mis amigas, mis compañeras de camareta, admitían mi obligada presencia con cierta desgana, pero sin acritud.
El negocio consistía en que yo aportaba mi probada inteligencia autista a la hora de los deberes, de los exámenes, y a cambio Marta y Nuria toleraban mi presencia muda hacia sus confidencias, después de que las monjas apagaran la luz.
No es que yo me mostrara muy interesada en aquellos chismes, secretos, confidencias de púberes abandonadas pero vitales; en realidad me sonaba todo muy lejano, superficial e infantil –cómo si yo no tuviera casi los mismos catorce años que ellas-; pero mi atención morbosa no cesaba.
Marta era la mayor, por meses; haber nacido en julio le confería además el privilegio de ser Leo, es decir, líder natural, indiscutible e indiscutida.
Incluso en el colegio, donde las huérfanas estábamos claramente marginadas. No tanto por mala intención, como por la no coincidencia de intereses comunes.
Porque ¿qué se nos iba a nosotras de hermanos, padres, tíos… situaciones en las que no podíamos tener opinión alguna?
Marta, sin embargo, superaba esa barrera, no sólo por unos pocos meses de ventaja, sino por su innata capacidad para dirigir.
Su opinión era respetada y seguida, aunque nunca se tradujo en términos oficiales; nunca fue elegida delegada, porque eso implicaba una trasgresión imposible; pero la delegada oficial, Silvia, la hija del coronel, no daba un paso sin antes conocer la opinión de Marta. Era un hecho aceptado, sobre el que nadie comentaba nada.
Para Silvia -rebelde por naturaleza y por contraposición a la disciplina que su padre figuraba imponer-, Marta era una referencia necesaria.
Su rebeldía se apoyaba en las peregrinas ideas de Marta, y en su propia fantasía desbordante.
La adolescencia no hacía más que amplificar esta relación de negocios; al cabo, aunque no de forma directa, suponíamos -y probablemente sería cierto-, que en su casa, en la de Silvia, la incomunicación era la norma.
Por tanto, las informaciones prácticas en relación con el sexo, los cambios hormonales, los escarceos pseudoamorosos -platónicos por supuesto-, sólo podían provenir de la huérfana, Marta.
En ese sentido, los pocos meses de diferencia, y el desarrollo precoz de Marta, la hacían aún más necesaria.
¿Quién si no podía informarte sobre la irrupción de la regla, sus molestias, y su significado, en el momento preciso? ¿De los cambios físicos que se producían o se avecinaban?
Silvia prefería, a falta de otra información, que Marta, o Nuria, incluso yo, la tuviéramos al día, en lugar de confesar su ignorancia y ansiedad a una “igual” cuyos padres actuaran con más responsabilidad que los suyos.
En realidad, no era descabellado; la información que las monjas nos facilitaban era fría, pero precisa. Nada de informaciones inexactas de las que se transmiten entre  hermanas o primas, mayores o no.
Por ese lado, pues, el arreglo estaba hecho; y Marta imponía a su amiga Nuria.
Y yo, la pequeña Brigitte (nunca usaban diminutivos conmigo, pero sí el calificativo “pequeña”, justificado sólo por unos meses de diferencia en la edad oficial) entraba en el lote como una excrecencia inevitable de las otras dos.
Así se cerraba el círculo.
(…)
Por eso conservaba en mi subconsciente los consejos susurrados entre risas cómplices en relación con la atracción fatal que se puede generar en un chico, en un hombre, de forma intencionada.
Por eso, una leve flexión, de puntillas, para alcanzar un manual del último estante, en el estrecho pasillo donde dos personas no se podían cruzar, provocó el inevitable roce de mis nalgas con las suyas, y al volvernos, su cara y la mía, y la obligatoria elevación de mis senos, que coloqué casi sobre su nariz.
Y una huida rápida, (perdón, perdón) con el inútil manual, recién adquirido, ocultando el título contra mi pecho por si de él se dedujera el truco. 
Y su mirada, que taladraba mi espalda ya.
Creo que sonreí, no sé si sólo interiormente.
Ahora, algo más despacio.
Para permitir que me siguiera al extremo de la mesa, apartado y solitario.
Cuando, aparentando distracción, levanté la vista de mi texto (una absurda disquisición sobre polímeros) ya estaba sentado frente a mí, mirándome con sonrisa estúpida.
Procedía fruncir el ceño, y así lo hice; pero él opuso una mirada más limpia de lo que había supuesto, y no pude evitar contestar a su sonrisa con otra.
(…)
Y sin embargo, sólo quería fotocopiar mis apuntes.
Qué decepción.
… y sin embargo, hemos quedado este fin de semana.
Un café y un poco de charla, prometió.
Se llama Juan.

Nada original.

sábado, 30 de enero de 2016

Orfandad

Puede que la orfandad, el internado, me hayan hecho más independiente.



En realidad, no echo de menos nada. No se puede añorar lo que no se conoce más que de oídas.
Y con la única herencia de un nombre, Brigitte, que para mí no significa nada, pero que me da una cierta seguridad. La sensación de existir, de ser o haber sido algo para alguien.
Algo muy abstracto.
Sor Teresa no fue, ni nunca lo pretendió, mi madre.
Su cariño era indudable, pero no especial, al menos como yo lo quiero entender.
Y mi emotividad, por naturaleza poco expresiva, tampoco intentó establecer lazos que se pudieran comparar con lo que yo podía llegar a observar en clase, al intentar sentir por experiencia ajena.
Mi envidia, lógicamente, se centraba en la figura paterna, idealizada y misteriosa.
El padre, ese superhombre, por encima del bien y del mal, desconocido, no era una persona de carne y hueso, sino alguien superior, con poder absoluto, que mostraba su cariño y lo regalaba en pequeñas dosis cuando le convenía.
Era el retrato robot que me transmitían mis compañeras “normales”.
Yo lo aceptaba, obligándome a sentir una envidia que sin embargo no lograba interiorizar.
Porque a las madres sí las conocía. Eran personas, imperfectas, con defectos evidentes, que no intentaban ocultar.
Sor Teresa, yo lo sabía por comparación, le daba cien vueltas al mejor padre, debido probablemente a que su interés, a la par que siempre sincero, podía y sabía mostrarse imparcial.
Y sus defectos, que los tenía, no avergonzaban a nadie.
Este obligado posicionamiento mental me ha librado siempre de la presión de lo familiar en muchos aspectos prácticos.
Mis decisiones han sido siempre propias, no inducidas.
Ningún prejuicio emotivo ha influido en mi forma de actuar.
Y las ideas y los proyectos se vuelven más claros y fáciles de llevar a cabo por simple aplicación de la constancia.
Renunciando, claro, al aspecto sentimental, emotivo.
Aun hoy sigue siendo para mí una cuestión teórica.
A lo sumo hormonal.
(...)
Eugène, su “diario”, insinúa que Juan, su chico, es, o fue, mi padre.
No lo consigo imaginar.
Ni siquiera tengo una imagen suya que me sirva de apoyo.
Eugène sólo hace un retrato psicológico: No aporta ninguna pista por la cual yo pudiera reconocerlo si me cruzara con él por la calle.
En el modelo que asimilé de padre, por referencias, encajaría más Fulcanelli.
Pero no me inspira el sentimiento que imagino debiera sentir.
O simplemente soy incapaz de sentirlo.
Juan, el que retrata Eugène, resulta patéticamente humano.
Es débil, manipulable, y sus actitudes llevan a menudo a la sonrisa, o a la risa.
Resulta tierno.
¿Podría enamorarme de alguien como él, tal como confiesa Eugène que le sucedió?
¿Podré alguna vez enamorarme de alguien?
¿Me importa que eso suceda?
La verdad es que ni siquiera el sexo puro me atrae lo suficiente, me parece.
Apenas me interesaba cuando para mis compañeras era lo único existente.
Tanto menos ahora, tras años de concentración en unos estudios que creo me satisfacen.
Sólo que ahora me hago preguntas que no me había planteado antes:
¿Y después?
Los estudios no son un fin en sí mismos, como intento a veces demostrarme, o creerme.
Lo sé, pero no soy consciente de lo que eso significa. No me interesa analizarlo; no me interesa planearme un futuro, más allá de las oposiciones.
Y aunque lo hiciera, no me atrae en absoluto un futuro de madre de familia.
Ni me siento capaz, ni creo que lo soportara.
¿Eso es una ventaja?
Hay quien opina que sí. Y quien ni se lo plantea.
Nuria es la prueba de que la orfandad no es determinante en este aspecto.
En realidad, siempre tuvo muy claro su futuro, el presente que ahora le agobia. No tanto como expresa, por otro lado:
Está cumpliendo sus deseos de toda la vida. Agobios incluidos.
No le hizo mucha gracia que la buscara, ni siquiera por teléfono.
Comprendo que yo formo parte de una etapa de su vida que desearía olvidar.
Me escuchó, sin embargo.
Aunque enseguida paso a contarme, que es lo que realmente le interesa.
Sus niños, su marido, su Barcelona adoptiva. Para ella es como si su nombre hubiera sido una premonición, en lugar del santo del día en que fue recogida, o nació, no estoy segura ahora.
Mi nombre, aunque no tan corriente en aquella época, no me ha inspirado, que yo recuerde, ni nostalgias ni sueños. No relaciono Brigitte ni con personas ni con lugares, al menos hasta ahora...
Si tengo que creer a esta banda de locos, incluido “mi” Juan, siempre tan amorfo, mi nombre me vino impuesto.
Sor Teresa me repitió, cuando lo consideró oportuno, y después, que mi nombre vino conmigo. Aunque, quizá ante mi desinterés aparente, nunca especificó de qué forma.
Tengo la vaga idea de que se trató de algún escrito o nota.
Pero este pensamiento se debe a que si hubiera sido una entrega personal, si alguien me hubiera llevado al orfanato, si hubiera contado algo para el recuerdo -como por otra parte es el caso más habitual-, lo hubiera sabido por Sor Teresa.
Me lo hubieran contado las monjas, como hacían por sistema, desobedeciendo las leyes.
Lo sabíamos todas. Era una de las confidencias corrientes y necesarias en nuestro ambiente: La prueba de confianza hacia una amistad menos superficial.
Mi nombre vino conmigo...
Ahora me suena extraño.
Nunca antes le di importancia en absoluto.
No sé si fue Fulcanelli el primero en hacerme notar el detalle.
O fue posteriormente, con la lectura del diario de Eugène, que nombra a una Brigitte con la que me identifica...
O Celia, y su novela apócrifa.
Debería tomar alguna decisión sobre todo este barullo, pero los acontecimientos me están superando. Las emociones van ganando terreno…
¡Basta de análisis!
Concéntrate en el examen.
Sí que me estoy volviendo loca…

sábado, 23 de enero de 2016

Brigitte




¿Quién soy yo?

Extraño artilugio. Me produce buenas vibraciones.
Parece que tuviera vida.
Sin embargo, tengo la sensación de manipular algo prohibido, vergonzoso.
Si lo viera sor Teresa, creo que no le iba a gustar nada: Ni la forma, ni mi fijación. Viciosa, diría ella.
Algo de eso, de obsesivo, sí tiene. Se asemeja en sus efectos a esos chismes de goma que se usan para rebajar el estrés, para mantener las manos ocupadas. Pero no es de goma, claramente, aunque no sabría identificar el material. Es sólido.
¿Como las bolas chinas?
¡Qué ocurrencia!
No las soporté mucho tiempo, mi sensibilidad, a veces, me resulta excesiva.
Veo a la madre Teresa otra vez ahí, mirándome desde lo alto, el ceño fruncido.
Ella está segura de que se trata de algo pecaminoso.
(¡Pues si hubiera visto las bolas chinas!)
 (…)
El aroma de recuerdos adolescentes, esquivando la vigilancia de Sor Teresa, saltándose las prohibiciones, inunda los pensamientos de Brigitte...
(…)
Una formación impecable. Incluso demasiado aséptica.
Las madres, a este respecto, eran prácticas, supongo que por influencia jesuítica.
Separar la formación académica de la espiritual, deslindarlas claramente.
Un punto de vista ajeno a lo espiritual, que ellas vivían en clausura, sin permitir que invadiera otros espacios.
Y disciplina, mental...
(¡Qué duro resulta el alemán! El inglés es finalmente más práctico, aunque menos elegante)
Pero, sea como sea, son las culpables de que esté aquí, preparándome para seguir un camino que no estoy segura de haber elegido, pero que no discuto.
Creo que tampoco les gustaría saber que estoy escribiendo este diario; no de esta forma. Es como si intentara borrar mi pasado y sustituirlo por otro...
Es la fantasía de todo huérfano, lo sé.
Pero no puedrkkp nc+ qfrssssssssssssssssssssssssssssssssssssss 
¡Maldito chisme!
¡Otra vez se ha caído sobre el teclado!
He sido yo: He aflojado la presión.
¡Es difícil escribir con una sola mano!
¿Ha sido un calambre?
Un hormigueo, en el umbral de la sensación...
¿Tengo que borrar y empezar desde...?
¡Al cuerno!
Tengo sueño, he perdido la concentración.
Guardar como...  20, VI, punto DOC.
No voy a anotar que me llevo el tubo a la cama; que duermo con él.
Creo que me hace soñar.
Debería anotar mis sueños, si tuviera tiempo.
Hasta mañana, nuevo día de clases, apuntes, estudios.

sábado, 16 de enero de 2016

Marta


Soledad



Brigitte, Brígida, mi hija imposible.
Ángel comentó algo, o lo soñó.
¿Se lo oí en sueños? ¿Lo he oído muchas veces, y ya no lo recuerdo? ¿Sueña él todavía?...
Era nuestro único acuerdo.
Nunca me molestó que para él sólo existiera el trabajo, mientras admitiera mi capricho.
A mí el trabajo me importa una mierda ya.
Nunca me importó mucho, pero soy consciente de mi competencia. Y sólo la he desarrollado por él, hasta que...
Ya no sé qué decir, ni tengo nada que decir, y sus ojos de cordero degollado me dan asco.
Más que sus patéticos intentos de satisfacerme... ¿en qué?
No lo puedo evitar, me produce la nausea que tantas veces imaginé, que deseaba con pasión, sólo que ya es una nausea inútil, único síntoma de un embarazó que ya no puede ser ni imaginario…
No es mi intención herirle, lo amé. Ya no me queda moral ni para odiarle, sin razón, ni para despreciarle, sin ira, ni apenas para vivir.
No me quiero sincerar con él. No quiero que ni un resquicio de mi debilidad, ni un flanco, quede al descubierto.
Cuando pensé seriamente en la infidelidad, que no me podía reprochar -no por cuestiones morales, sino puramente fisiológicas- imaginé cualquier cosa. Cualquier solución, hasta la más sucia, era buena.
Sólo encontré una  silla vacía, allá donde la sombra de un fantasma se adivinaba, pugnando por materializarse.
Yo la percibía, casi conocía su nombre.
¿Brigitte?
Una alucinación, con nombre propio, que ya no quiero recordar, y que se repetía, que me perseguía, sin súplica, pero como si en mi mano estuviera darle vida...
Y un deseo, sensual, un picor real, imposible de satisfacer.
(…)
No sé si hice bien en comentarlo con el doctor.
Se le suponía suficiente discreción profesional, y yo fui muy imprudente.
Sin duda necesito un médico... un psiquiatra. Recuerdo cómo me envió al psiquiatra... o más bien se libró de mí, que era ya su objetivo claro.
En las últimas consultas, notaba su cara de impotencia, contrariado por mis visitas, por mis confidencias, que recibía con seriedad fría, al tiempo que evidenciaba su esfuerzo por no escuchar, por olvidar antes de saber...
Desde el principio, se planteó el tema psicológico.
Era elemental, y hasta yo lo entendía.
Todos los síntomas iban a parar a una abstinencia insana, a un deseo de maternidad enfermizo, que se traducía en continuas molestias y perturbaciones muy por encima de las normales en una mujer, incluso en mi mismo caso...
Cuando por fin le hablé  de alucinaciones, después de haberme rechazado con firmeza –me miraba como a una perra en celo, que sólo por un resto de educación, y el uso de la fuerza, soportaba- vio el cielo abierto.
El psiquiatra.
Se acabaron los antidepresivos suaves...
Él me recomendó que se lo dijera a Ángel, a mi marido. Nunca lo conoció, ni quiso. Pero era su obligación decírmelo: Que confiara en él...
Era hablar por hablar.
En su interior sabía, como yo, que esa posibilidad se esfumó hace años.
Al poco de confirmar la esterilidad de sus espermatozoides, de los que tanto presumió.
Su castigo es desproporcionado, pero el mío es insoportable.
Ya no hay compasión, ni comprensión, ni odio ni lástima.
Solo una nube difusa, creada por las pastillas. 

domingo, 10 de enero de 2016

Ángel

Soledad



Debería apoyarme un poco más.
Marta es cruel cuando quiere; sádica.
En silencio, me reprocha cosas de las que no soy culpable. Sin opción a la réplica. Sin justificación, por otro lado.
¡Qué más quisiera yo!
Ni siquiera intento aprovechar la ineficacia de mis genes.
Me acojona.
Es como si formáramos un triángulo al que le faltara uno de los lados, y por ahí, por ese lado inexistente, se escapa todo.
La sensación es de ausencia, la ausencia de algo o alguien que no existe.
No como esa angustia existencial, que nunca sentí, sino como algo concreto, definido, con nombre y apellidos, pero en hueco.
Como un molde inútil, un vaciado en negativo...
No sé de dónde procede esta idea tan absurda. No tengo tampoco con quien compartirla...
El desencadenante ha sido, esta mañana, el envío de Brigitte, sin duda.
Me gustaría comentarlo con Marta, si eso no se hubiera convertido en imposible. En la editorial no saben hasta qué punto nuestra incomunicación es absoluta. Más allá de lo que aparentamos en público, que ya es notable.
Ni siquiera ha querido dividir en dos la cama de matrimonio. Su frialdad es tal, que la posibilidad de contacto físico se ha vuelto nula.
Ni para asuntos domésticos intercambiamos algo más que notas o monosílabos.
Es injusto.
No me siento culpable de nada; si acaso, de aportar unas ilusiones abortadas antes de ser expresadas.
Debiera coger unas vacaciones, desaparecer por un tiempo de este micro cosmos cerrado y absurdo, sin sentido.
Asomarme, aunque sólo sea como espectador, a otras vidas, para asegurarme de que lo que me pasa no es la norma.
Para visualizar la felicidad ajena y poder confirmar que la felicidad existe.
Existió, para mí, durante un corto periodo.
Consistía en hacer planes, con ella, que parecían posibles.
Pero Marta levita ahora dentro de una burbuja atormentada, ajena al mundo, y especialmente a mi sola presencia.
Preferiría que me abandonara, que me dejara en ridículo ante el mundo, antes que intentar soportar la presión.
¿Pero qué puedo hacer yo?
Huir, metafóricamente, o de hecho.
Huir de mí mismo, de mis circunstancias.
Voy a aceptar, lo sé, la oferta de asistir a ese congreso estúpido sobre literatura supuestamente erótica.
En la costa. Al lado del mar...
Sé que ella ni lo comentará. A tanto llega su control emocional. Se fía de mi dependencia absoluta.
Lo intentaré, de todos modos.

Siento como que se iniciara una nueva etapa en mi vida. Lo deseo, eso sí es seguro.

miércoles, 6 de enero de 2016

La ponzoña I

La génesis.
Como si la amarillenta ponzoña hubiera alcanzado los más profundos y débiles tentáculos de sus raíces, quemándolas sin compasión en combustión brusca de enroscados zarcillos, para abrirse paso primero por los estrechos filamentos, luego uniéndose consigo misma en veloz avenida desembocando en más antiguos conductos, que no tienen capacidad para oponerse a tan ácida reacción, subiendo en vertiginosas curvas, hacia el tronco superficial, y derramándose por las ramas en distribución irregular, hasta las hojas, los capullos, las yemas y los pétalos de las flores, provocando una inmediata languidez, un cambio del verde al amarillo y al negro, y la caída de la entera planta, arrastrada por el peso ya muerto y reseco de lo que fueran verdes tallos, tronchándose por su débil mitad, así mismo el altivo edificio humano, breves instantes antes joven, y alegre, se dobló por su tronco entre estertores de líquido marrón bilioso. 
Cayó hincado de rodillas un instante, las manos oprimiendo su estómago ardiente, inclinó la cabeza, tensando el cuello, mostrando los apretados dientes, las comisuras babeantes y los ojos ocultos tras los párpados, y éstos tras el entrecejo fruncido en síntoma de insoportable dolor.
Luego, al tiempo que los impotentes brazos pierden toda su potencia y se abren en cruz, la frente, desprotegida, choca, rebotando un momento, con un eco sordo, sobre el enlosado, hasta que la mejilla derecha, aún caliente, se funde con el frío mármol.
El resto del cuerpo, aún en posición fetal, se inclina hasta derrumbarse, dislocando el hombro derecho y dibujando una escultura de imposible vida.
Apenas un único y corto gemido pudo ser oído.
Mudo testigo, a la espalda del despojo humano, el reloj de ébano, impasible, tras un leve crujido del mecanismo, inicia cadencioso su secuencia.
Siete veces el martillo golpea la campana tubular.
Aún vibrando el último toque, la leve brisa que ondulaba la gasa de las cortinas desde el jardín, se encuentra con un seco chorro opuesto, calculadamente dirigido, que golpea las delicadas puertas del ventanal, y el jardín queda irremediablemente aislado del salón, desde el exterior, al deslizarse la falleba recientemente lubricada, a favor de la gravedad.
Sobre la casi vacía copa de cristal tallado, se repite cientos de veces el reflejo que titila sobre la cabeza inerte provocado por el movimiento, primero lento, después nervioso, del pomo de la puerta.
Una voz grita inútilmente el nombre del muerto, mientras la puerta intenta ser forzada.

Al cabo, entre astillas, la desencajada puerta muestra la escena a los recién llegados espectadores. Una escena que, aparentemente, nadie ha podido presenciar en su desarrollo, salvo el inanimado reloj.

domingo, 27 de diciembre de 2015

A la luz de la luna

A la luz de la luna, los matices cambiaban. Se diría que las pupilas adquirían el brillo de la vida y los pómulos se arrebolaran levemente.

Y toda ella, todo su busto en escorzo, parecía a punto de girar para enfrentar al espectador.
Era como ella había dicho: Isabel, supe por fin que así se llamaba, gracias a la breve nota que adjuntaba al retrato.
No sé por qué tiene tanta confianza en mí.
Supongo que fía en que, desde el primer instante, comprendió que me tenía absurdamente esclavizado, por su rara belleza, por su personalidad, por sus taladrantes ojos claros, no sé…
Sin embargo, siendo yo su abogado, no le hubiera recomendado usar una vulgar mensajería para transportar una obra de tanto valor…
Ni como sucedió, aunque sea su abogado, tampoco que sin más me ofreciera el embalaje cerrado donde guardaba la pintura para que yo me la llevara a casa y pudiera comprobar directamente que la fantástica historia que me estaba contando era cierta.
Tenía una noche, antes de devolvérsela, para que ella la pudiera entregar a la galería donde se iba a efectuar la subasta, en el plazo pactado.
Aunque algo me hace sospechar de otros motivos extra laborales que no alcanzo a vislumbrar.
Entre los dos, estábamos acumulado una insensatez sobre otra, pensé. 
Pero no dije nada.

Lo cierto es que sucede como ella dijo.

(…)

“Es a la luz de la luna cuando sucede.
Lo descubrí de forma aparentemente casual.
Aunque es cierto que el trabajo me absorbe sistemáticamente, jamás se me había pasado por la imaginación acercarme de noche al estudio.
No había ningún motivo razonable, y mi trabajo soporta mal la luz artificial, por muy buena que sea.
Acabábamos de cenar, ceremonia que, cuando no estaba mi padre, como hoy era el caso, consistía en probar al menos en parte lo que nos iba trayendo el servicio, en un silencio sólo roto por el trasiego de los cubiertos, cada una, mi madre y yo, desinteresada de la otra…
Sentada, mirando al plato del postre, vacío, meditaba en detalles absurdos sobre mi trabajo.
Y noté como un aviso, sin sonido…
Una llamada interior me incitó a dar aquel paseo por la noche, cosa que me sucede muy esporádicamente, aunque no era del todo raro que decidiera hacerlo, y a mi madre no le extrañó mucho, como ya no le extrañaba nada.
Admitía mis rarezas con desdén, y ésta era de las más inofensivas; así que me limité a comunicárselo y ella a asentir, con poco interés, a la vez que miraba para otro lado, como para atender obligaciones inexistentes.
Allí quedó sentada, haciendo amago de esperar que el servicio atendiera su imaginaria necesidad, mirando hacia la puerta, pero enfocando al infinito, para no verme marchar.

Seguía, creo, con mi inercia habitual, callejones de sobra conocidos, intuyendo setos y muros mal iluminados, pensando en “nada”, cuando de repente tuve delante el portal del estudio.
Extrañamente se hallaba abierto, a pesar de la hora.
De otro modo no me hubiera sido posible entrar, aunque lo hubiera querido, pues no llevaba la llave.
De forma automática subí, a oscuras, tratando de no hacer ruido para no delatar mi presencia a los vecinos, a aquellas horas intempestivas  -por lo mismo rechacé la idea de usar el vetusto ascensor- hasta el ático.
De detrás de la mata de geranios que había en la maceta sobre el falso balcón pegado a la puerta, extraje la llave de la buhardilla.
Era mi método habitual, para no tener que cargar con la llave a diario.
No encendí la luz. 
A través de la claraboya del techo, la luz de la luna iluminaba mi mesa de trabajo, situada estratégicamente bajo ella.
Y de inmediato –el resto eran bultos sobradamente conocidos para mí- el retrato, -que había debido olvidar tapar, o bien el trapo destinado a ello había caído por haber sido colocado con descuido- asaltó mi atención.

(…)

Para nada se trataba del óvalo oscuro que cabía esperar.
Por el contrario, tanto el marco, como el propio retrato, se perfilaban asombrosamente bien; mejor y con mayores matices que a plena luz del día, observé asombrada.
De inmediato, noté que el retrato semejaba la vida en tal medida, que parecía salirse, o más bien asomar a través de una ventana.
Intuía un “fondo”, una habitación, una fuente luminosa, probablemente una ventana, que suministraba la luz necesaria para mostrar adecuadamente aquel rostro.
Una ventana que, si me situaba en la posición del pintor, estaría a mi espalda, tras mi hombro izquierdo, donde yo sabía que existía la ventana real, la de la maceta en la que solía dejar la llave del estudio.
Solo que también sabía que era imposible que por aquel ventanuco pudiera entrar luz ninguna; ni aún de día.
Desde que entré y me hice cargo de la escena, no me había movido en absoluto.
Ahora tuve miedo de hacerlo.
No quería mirar a mi espalda, por si descubría que a través de la ventana, mi ventana, penetraba una luz imposible.
No intenté mover siquiera la cabeza, por si al hacerlo aquella faz melancólica se me enfrentaba.
Estuve paralizada un tiempo, observando fijamente aquel rostro impasible,
Sin embargo su expresión, por algo que pareciera titilar en sus ojos, me “llamó”, y sus labios estrechos parecían a punto de pronunciar una exclamación, o un nombre… 
Antes de que nada sucediera, volví bruscamente la cabeza, para encontrar aliviada que mi ventana estaba tan oscura como debiera.
(Y que el supuesto foco me hubiera debido atravesar, para alcanzar el lienzo)
Con esa seguridad, me enfrenté de nuevo al retrato, con la esperanza de que todo tornara a la normalidad, y yo pudiera decirme a mí misma que había tenido una alucinación…
No fue así, sin embargo…”

(…)

Isabel me sugirió algo que pensó más tarde, después de huir precipitadamente de su estudio.
Su trabajo, en realidad, estaba terminado.
Por la mañana embalaría el cuadro, y al otro día la galería se ocuparía de recogerlo para unirlo al resto del lote a subastar.
Ya por la noche, había decidido acudir al abogado. 
Con Luis no habría problema. En estos y en otros temas, él la obedecía ciegamente. Una llamada bastaría.
Lo que no podía conocer con seguridad es si de alguna manera el proceso que se había iniciado tendría una continuación.
Por la mañana, a la luz del día, todo había vuelto a la “normalidad”
El trapo cubría el retrato: no tenía que verlo.
Fue lo último que hizo por la noche, taparlo de golpe, antes de salir precipitadamente del estudio.
Así que se dedico al embalaje, sobre el mismo trapo.

(…)

Cuando supo por la secretaria que yo le atendería, ya no pudo más con la tensión, y se precipitó en mi despacho, hablándome, como si nos conociéramos de toda la vida, hasta que se percató de que yo estaba descolocado, y no sólo por la historia, algo con lo que no había contado… Porque según ella, el nombre coincidía.
Así que me arrastró a una cafetería donde, yo ya algo más centrado, escuché sus locuras alucinógenas, valorando seriamente la posibilidad de que me encontrara ante una adicta al arte… y a alguna sustancia, que podría ser cocaína…

Con algo más de calma, ante sendos cafés, me contó su experiencia de la noche anterior, y me explicó por fin por qué mi nombre era importante para sus “planes”.
Pensé que, al fin y al cabo, Jorge es un nombre muy corriente.
Pero ella insistía en que ese fue el nombre que la dama del cuadro le quiso transmitir, luego en sus divagaciones, aquello era importante, básico, vamos.
E interiormente sostenía que era razón sobrada para confiar en mí…
No quise defraudarla.
Además, me gustó ella, lo que para mí era también motivo para tragarme cualquier cosa que dijera o demandara.
No andaba yo en mis cabales tampoco…
Así que tomé el paquete con el cuadro, que ella llevaba en el maletero de su coche, y me dispuse a seguir sus instrucciones –a satisfacer sus caprichos- pensando que con posterioridad podría inventarme lo que me conviniera en cuanto a los resultados prácticos.