jueves, 17 de agosto de 2017

Aranjuez. La Puerta del Bosque / Sueño

Aranjuez / La Puerta del Bosque / Sueño


Aranjuez / La Puerta del Bosque
    He observado que, cuando duermo cara al cielo, al techo, vamos, es cuando los sueños escapan de su habitual zona inconsciente para ocupar la memoria consciente, penetrando en el mundo que decidimos real, y son recordados como una actividad más.

    Supongo que es ésta la causa de que recuerde en particular este sueño.

    Quizá existen otros motivos, que no me interesa investigar.

    Probablemente la luz del techo me sugirió el escenario:

    La luz del sol de principios de verano filtrándose a través de las hojas estrelladas del Liquidámbar que la primavera, que se acababa, había transformado en tupidas  y sombrías copas.

    Luces cambiantes al lento ritmo del paseo, filtradas por los diferentes verdes, amarillos, rojos de sus hojas.

    No conocía lo suficiente el Jardín:

    Tan sólo había paseado de forma descuidada y atento a mis historias interiores por sus avenidas arboladas y sus bosques artificiales.

    Pero, evidentemente, mi subconsciente no dejó de trabajar, porque, como en todos los sueños, las sensaciones eran muy vívidas y particularmente precisas, acaparando detalles indudablemente reales.

    Sin duda la imaginación y mis temas ocultos completaban sin pudor los detalles.

    Miraba al cielo, y sentía la húmeda bruma que levantaba al andar.

    Al frente una abertura en la arboleda, a cielo abierto, azul y limpio de nubes, incluso de aves.

    La Montaña Rusa se dibujaba sobre el fondo, nítida, como una tarta de brócoli.

    Sólo verdes oscuros, salteados de grises troncos de plátano.

    Y en su cúspide el pabellón de madera que servía de mirador, entre otras funciones más privadas que permitía su situación privilegiada.

    El camino se veía despejado, y avancé decidido, pero sin prisa, hacia la salida del húmedo túnel que se defendía aún del verano mesetario.

     El claro no parecía grande.

     El tupido bosque bajo, cercano, ascendía sin interrupción.

     Sólo el mirador, arriba.
 
     El agua de la acequia de ladrillos macizos refrescaba, cantarina en su discurrir, la solanera.

   Cruzaba transversal, pero se interrumpía para cruzar subterránea mediante sendos sifones que permitían seguir el camino de tierra invadido de grama seca.

    La corriente de agua encauzada marcaba una aduana siempre abierta:

    La puerta del bosque nunca estaba cerrada para penetrar en él.

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