sábado, 18 de junio de 2016

Apocalipsis

Que después del enésimo Apocalipsis que nos aguarda algún científico estúpido querrá saber por los restos de mis maltrechos dientes qué estaba cenando.


Aquello era un vulgar botellón.

Muy vulgar.

El alcohol se derramaba sobre el césped, impregnaba la tupida arboleda con su olor dulzón.
Los asistentes que nos recibían –es un decir- desde luego no estaban en condiciones de dar la voz de alarma si en lugar de visitantes fuéramos agentes de la autoridad.
Restos de vómito sobre la ropa, pupilas dilatadas, miradas perdidas. Sin consciencia del momento.
Según Fulcanelli, estábamos llegando. Sólo había que seguir ese rastro.
Algunos, de los que no estaban del todo inconscientes, con aspecto de zombies, se cruzaban con nosotros, mirándonos con extrañeza.
Nuestro atuendo, al parecer, no era el indicado para el festejo.
Tampoco se mostraban agresivos. Ni parecían amenaza seria.
Mi relato de los sucesos en los tejados de la catedral, bastante recortados, pero esencialmente completos, habían hecho reflexionar a Fulcanelli.
Aunque adivinaba que la cosa no se redujo a una aparición repentina de Eugène, y su resolución de la amenaza, no insistió en recabar detalles. Y yo no los aporté.
Estaba más interesado en llevar a cabo esta excursión que nos había propuesto, a Juan y a mí, supongo que para ahorrar explicaciones sobre lo que puede ser, sin más, mostrado. Ya me había adelantado su intención de aleccionarme. Y evidentemente le pareció más importante esto que mis batallitas, no siempre reales…
Y como la decisión me convenía, no insistí, me deje llevar, de nuevo.
Por eso atravesábamos aquel bosque a aquella hora intempestiva.
(…)
A la única luz de la luna, sospecho que para los asistentes con que nos íbamos cruzando no éramos más que bultos que se movían demasiado deprisa.
Fulcanelli, Juan y yo, por este orden de marcha, simplemente los íbamos evitando.
El alquimista parecía tener claro a dónde quería llegar. Sin embargo, no sentí que siguiéramos ningún sendero. Lo cierto es que la vegetación, la arboleda, se iba haciendo más tupida, y la luz de la luna apenas nos ayudaba ya.
Entendí que seguíamos la dirección contraria a la de las personas con que nos íbamos cruzando. Que volvían de alguna parte.
La oscuridad se hizo casi total. Y el bosque parecía rodearnos por completo.
Juan seguía a Fulcanelli, guiándose por el tacto sin duda, y yo, procurando no perder el contacto físico con Juan, pisaba sin duda sobre sus huellas.
Pude sin embargo observar que el alquimista estaba guiando sus pasos haciendo uso de una herramienta particular, un leve halo de luz verde pálido que iluminaba apenas unos centímetros cuadrados por delante de sus pies, y que parecía proceder de su pecho…
No era una linterna que hubiera sacado de la nada. Ni, por supuesto, la improbable pantalla de un móvil.
Finalmente, lo relacioné con la gema que ayudó a Celia cuando en nuestra excursión subterránea la oscuridad se hizo total.
Y así debía ser.
De mis recuerdos inconscientes extraje la imagen de una pieza verde, translúcida, sujeta por un apretado cordón oscuro que rodeaba cuello del alquimista, y que su barba solía ocultar.
Un pequeño, discreto adorno, que lo acompañaba siempre.
Y del que hasta este momento parecía yo no haberme percatado.
¡Siempre tan detallista, Brigitte!
¡Incapaz de ver el bosque, ni los árboles, ni nada que no me pusieran delante de las narices!
Mi educación de exploradora siempre fue nula.
En fin, al menos había sido capaz de establecer la relación entre la piedra verde y la luz.
Verde pálido. La de Celia, azulada.
Supongo que tendrá algún significado.
Supongo que, después, olvidaré indagar sobre el tema.
Supongo que me pierdo en estas reflexiones, inútiles, porque hace rato que no se escucha nada, salvo nuestros pasos acolchados por el musgo, ni vemos a nadie, ni hay más luz que la que proyecta Fulcanelli.
En aquel momento, iba a comentar algo, a preguntarle algo a Juan, para escuchar por lo menos mi propia voz. Justo entonces, y a la vez, aparecieron la luz y el sonido hacia donde probablemente nos dirigíamos.
Lejanos, pero ciertos.
La luz de una hoguera. La música de una flauta.
Enseguida se hicieron más nítidos, la distancia no era tanta.
Esperaba algo así. No me sorprendió que nuestros pasos se acortaran, casi se detuvieran, para no ser sorprendidos ahora, y poder encontrar un punto discreto desde el que observar y escuchar lo que sucediera en aquel Rave, akelarre, o lo que fuera…
Cerca del amplio y previsible claro del bosque, a la sombra que del fuego proyectaba un enorme tronco, nos detuvimos.
Juan y yo nos adelantamos, dentro de nuestro oscuro escondite, para poder contemplar lo que pasaba.
(…)
Ese tipo de felación me pareció obsceno.
Al muchacho de las gafas, un yogurín, lo sometía a exploración una mujer de cabellos coloreados, por su espalda. Mientras, el chico parecía más atento al busto bamboleante, apenas oculto, de una pantera que avanzaba a gatas en su dirección, intentando ser sensual con los labios -de un violeta chillón-, quizá humedecidos, quizá sólo brillantes de forma artificial.
A su grupa, caminando a su ritmo, un fauno peludo restregaba su sexo sobre la leve falda que mostraba algo más que sus muslos
Estábamos muy cerca del centro del akelarre.
(…)
Fulcanelli llamó mi atención  con un gesto, para sacarme de la distracción que suponía esa sucesión de escenas variopintas, sobre el escenario del fondo.
Al fondo, una escolta de nueve monjes negros, encapuchados, rodeaban la plataforma.
Elevados del resto, sobre tronos, hieráticos, Celia y Samael presidían aquella ceremonia desquiciada.
Destacaba el ópalo de Celia, luminiscente.
La gema de luz de Samael tendía al rojo sangre.
La piel, transparente, de ella, resaltaba con palidez azulada, enmarcada en rizos dorados.
Estaba preciosa…
Si el objetivo de Juan y Fulcanelli era mostrarme esa cara oculta de Celia, y su evidente perversión, no estoy segura de si lo estaban logrando.

En cualquier caso, reservando mis sentimientos reales, me di por satisfecha. No me apetecía quedarme mucho tiempo por allí.


2 comentarios:

Rafalé y Olé Guadalmedina dijo...

Muy potente, con una descripción de imágenes vivas y una resolución sorprendente. Me ha gustado la emoción con la que el narrador relata los acontecimientos. Enhorabuena!

John Sereira elturiferario dijo...

Gracias por comentar Rafalé :)