lunes, 30 de mayo de 2016

Fuente de hércules

Puesta de sol en el jardín.
Con la lección bien aprendida, elegimos una hora tardía.
Era preciso permanecer dentro del jardín después de la hora de cierre. Pero Eugène aseguró que esto no sería problemático, aunque no explicó sus planes.
Como de costumbre, reprimí mi deseo de preguntar.
Pero permanecer escondidos dentro del jardín mientras los guardias hacían la última ronda antes de cerrar las puertas de hierro no me parecía una misión complicada.
Ni siquiera, por lo que había podido observar, hubiera sido dificultoso entrar o salir del jardín fuera de las horas permitidas, utilizando para ello cualquiera de las puertas que sobre pequeños puentes cruzan la ría, que no se abrían nunca y que por ello estaban siempre descuidadas de vigilancia.
Otra cosa sería pasar desapercibidos ante los circuitos cerrados de televisión que ofrecían a la central de vigilancia barridos de imágenes desde posiciones estratégicas.
De todas formas, como de costumbre, no me quise preocupar de esos detalles, yendo con Eugène...
Como vulgares turistas curiosos, entramos al parterre por la puerta principal, con bastante tiempo por delante, y paseamos bajo los magnolios siguiendo la verja de la ribera del río, camino del puente que comunicaba el parterre y el palacio con la isla.
Nos detuvimos a ver cómo unos niños alimentaban con migas de pan a los haítos patos que deambulaban abajo, en un remanso del río tras la presa, porque nos sobraba tiempo y era agradable ver discurrir el agua verde, tempestuosa sobre la cascada, calmada un poco más abajo.
Después, tras rodear a Hércules, enfilamos el largo corredor de fuentes que desembocaba en la de Baco, atravesando muchas otras, entre las que se encontraba nuestro objetivo.
En un rato estábamos sentados, hipnotizados por las piruetas acuáticas y las borboteantes composiciones musicales del único chorro de agua que se eleva sobre la sencilla pileta del Anneau-Tournant.
Nuestro silencio, respetuoso con el ingenio artístico, no fue de momento roto, por tácita decisión. Simplemente, dejábamos que el tiempo discurriera, como el agua.
Eugène había tomado mi mano con la suya izquierda, como otras veces, como en forma casual.
Un leve cosquilleo, un leve escalofrío que atribuí a mi melancolía, parecía alcanzarme a su través.
Su mano se notaba fría, pero en absoluto desagradable.
Cuando observamos que los paseantes se iban dirigiendo sin prisa hacia la salida, porque varios avisos en forma de toques de corneta desafinada, a nuestra espalda, advertían del inminente cierre, hice amago de levantarme, al observar a nuestra espalda que el guardia uniformado, con la corneta en la mano, cerraba la lenta procesión.
Pero Eugène aumentó un poco más la presión sobre mi mano, en muda señal de que permaneciéramos inmóviles, sentados sobre la fresca piedra del banco.
Cuando el guardia llegó a nuestra altura, dirigió su mirada al banco vacío de su izquierda. Luego al de su derecha, donde nosotros encaramos sus negras gafas de sol.
Sin hablar, volvió la mirada al frente, hacia la fuente, para rodearla, justo por delante nuestro, al tiempo que volvía a embocar la corneta, emitiendo, un poco más adelante, otro monótono y desafinado aviso.
Al poco, desapareció bajo las sombras de los árboles del largo paseo.
Cuando se hizo evidente que el último turista, seguido del último guardia, habían abandonado el jardín, Eugène acarició un momento mi mano sudorosa, antes de soltarla.
He de confesar mi perplejidad, en primera instancia.
Contemplando al guardia alejarse, con la boca un tanto más abierta de lo normal -la mía, quiero decir-, me preguntaba si el vigilante pudiera formar parte del complot de amigos de Eugène y el doctor, lo que ya no me resultaba tan descabellado; pero me pareció improbable, porque la clara impresión que me produjo su mirada y su actitud tras los negros cristales no era de complicidad, como hubiera sido el caso, sino de que, en realidad, no nos había visto.
Lo cual era, a todas luces, impensable.
A mi memoria acudieron las aventuras que a medias me había contado Eugène, aquellas exploraciones donde no se explicaba de qué forma había ella podido frecuentar ciertos lugares a la vista de todo el mundo sin tener problemas...
Cuando soltó mi mano, que me restregué sorprendido, le pregunté directamente por ello.
Me resistía a sorprenderme más, aunque mi boca, aún abierta, me delataba sin duda, al tiempo que ella sonreía.
No me explico por qué, su sonrisa me tranquilizó, contra toda racionalidad.
Pero es que llevaba tiempo sin sonreír.
-¿Le conoces? –inquirí por fin.
-¿A quién?¿A ese? No.
-Me lo temía ¿No nos ha visto?
-No. Ha visto el banco vacío, como debía de estar.
-¿Porqué?¿Cómo?
-Nuestros átomos no estaban allí cuando él miró.
-¿Y dónde estaban? –quería ganar tiempo, recapacitar.
-Estaban disueltos en la piedra, en el aire, en el agua, en la vegetación. Él ha visto el banco de piedra, la fuente, los árboles...
-¿Qué? ¡Yo no he notado nada!
-¿Y qué querías notar?
En el fondo, me gustaba que ella disfrutara de tan extraña broma, tras tan largo autismo. Salvando mis dudas, le seguí la corriente:
-Pero yo te veía.
-¿Seguro?¡Tú estabas mirando al guardia! Ni siquiera te has visto a ti mismo.
-No entiendo nada.
-Si lo quieres saber, se trata de Alquimia aplicada.
-¿Qué?

-Lo aprendí en París. Se trata de interpretar correctamente los textos de, por ejemplo, Nicolás Flamel. Contando con un buen maestro, claro. Yo conocí a Fulcanelli.

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