domingo, 22 de mayo de 2016

Diana Cazadora

Diana cazadora

Los espejos y la paternidad son abominables (mirrors and fatherhood are abominable) J.L. Borges


Necesitaba un espejo, aunque me resultara odioso.
Antes de tropezarme con alguien que se preguntara qué andaba haciendo por allí aquella andrajosa, y avisara a la policía.
Eso no había sucedido aún, pero mejor preverlo. Pasos cercanos lo presagiaban.
Intenté, pues, disolverme en el paisaje. Salí de la luz del camino para ocultarme en la sombra de la arboleda. A tiempo. No me vieron porque sus ocupaciones les mantenían absortos. La pareja levitaba, lentamente, a la vuelta del seto…
Lejos de mi intención molestar. Esperé, paciente, reflexiva, que me superaran, y volví al camino, que seguí, todavía sin plan.
Reconocí la fuente que me interceptaba el paso, aunque llegué por su espalda.
Diana, el cabello sujeto, me ofertaba su hombro desnudo. Lo que necesitaba, para llorar, o contar a su oído.
El sabueso que la acompaña no le advirtió de mi llegada, aunque debió verme. Permitió que me apoyara sobre su hombro desnudo. Allí estaba yo, recortada contra el cielo en el espejo de agua.
No era tan grave como había pensado. Sólo mi expresión, que me apresuré a deshacer rompiendo el reflejo con la mano para refrescarme la cara, indicaba descuido. En seguida me deshice de la pintura de guerra con la que habían quedado decoradas mis mejillas en algún momento indeterminado de la fuga.
Esperé que se calmaran las aguas lo justo para verificar que no portaba atributos indeseados. Y volví a romper el espejo, entrando impulsivamente dentro del estanque.
Eso no lo iba a arreglar, pero necesitaba refrescar mis piernas, y apoyarme, rodeándola con mis brazos, en la espalda marmórea de Diana, que paradójicamente sentí tibia, por debajo de sus rizos dorados. Conocía esa textura. Conocía cada centímetro de la piel de Celia. Lilith suspiró, excitada. Su disfraz de diosa no me engañó.
(…)
Pero no afloró de la estatua. Me hundí profundamente, en la negrura del deseo…
Emergí…
(…)
Allí estaba su espíritu, ella no.
¿Dónde estaba yo?
Cuando decidí cesar en mi culto a la piedra, impulsada en la nada, asomé sobre su hombro. Me gustaría quedarme allí enredada, pero ya me había detenido demasiado.
El paseo, arbolado, recto, se perdía en el horizonte. El inconfundible jardín de Aranjuez.
Me despedí del espíritu de Lilith con un beso sobre los fríos labios de Diana, y comencé, mojada, a caminar de nuevo hacia no sabía dónde.

El silencio era abrumador, anormal. La soledad parecía absoluta. Olvidé a Diana cazadora en reposo, y me interné por el paseo de tierra, bordeado de Boj.

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