sábado, 23 de abril de 2016

Aranjuez. La corrala en los Arcos.

         Cuando conseguimos levantar, con un empujón conjunto, la trampilla -en realidad más grande y pesada de lo apreciado-, una fuerte vaharada de humedad inundó el pequeño habitáculo.

         Los pájaros se alteraron ante tal novedad, estallando en un coro descoordinado, y los tres a la vez mostramos nuestro correspondiente gesto de desagrado retrocediendo en forma automática, antes de mirar, por turno, hacia el agujero negro, prácticamente cuadrado, que se abría a nuestros pies.

Habíamos dejado el portillo apoyado tan solo en las bisagras, por encima de los noventa grados respecto de nuestro plano, al retroceder por causa del húmedo y denso vapor invisible.
Prácticamente a ras del piso aparecía un primer escalón -marco de hierro y base de madera, bien ajustada-, intuyéndose el declive tras la absoluta oscuridad.
Adelantándome, y apoyado en este primer escalón, que me pareció suficientemente sólido, y con la ayuda de Eugène y Mila  desde el exterior -una linterna potente en mi mano derecha, y un pañuelo sobre mi boca y nariz-, inicié el descenso, despacio, porque no me fiaba de la solidez de la escalera.
Aproveché para preguntarme a mí mismo por qué iba yo delante, si no sabía qué buscábamos, ni mi interés sobre lo que fuera era grande. Me contesté que Mila -su presencia-, tenía algo que ver con esta decisión mía. Pero mi respuesta no me satisfizo del todo.
Cuando la boca de entrada estuvo a unos cincuenta centímetros de mi cabeza, toqué el piso de piedra u obra, asegurándome que no estuviera resbaladizo. Olvidé mis capciosas preguntas, para concentrarme en la exploración.
Había descendido bastante cómodamente, apoyándome en una barandilla de hierro adosada al lateral derecho de la escalera,  aún con la linterna bien sujeta, que todavía me resultaba inútil, puesto que sólo estaba verificando la solidez de los peldaños, sospechosos de podredumbre en la madera sometida a tal ambiente húmedo. No aprecié, sin embargo, nada que confirmara mis sospechas. Por el contrario, la bajada resultó sencilla.
Me pareció, y así era, que el otro lateral carecía de barandilla, lo que comuniqué a mis chicas, arriba, junto con la seguridad del trayecto, después de barrer de arriba abajo la escalera con la linterna.
Se trataba de una armadura de hierro que formaba una pieza soldada con la barandilla, armadura en la que se encajaban con precisión los tablones, lisos y sujetos con tornillos a la base metálica. Evidentemente, una obra relativamente reciente.
Su aspecto era bueno y sólido, y sólo leves crujidos delataban la madera en la zona central de los escalones, cuando apoyaba mis precavidos pasos allí donde el piso no tenía sujeción ninguna.
Mientras enfocaba lo que pensé sería la pared del fondo del recinto -que no logré alcanzar-, escuché cómo Eugène me seguía, y pronto noté sus brazos sobre mi cuello, como si hubiera tropezado.
Pesaba poco. Estas muchachas de ahora no comen. Así que me volví para ayudarla a bajar, lo que hice trasladándola por el aire, como una niña juguetona, sin gran esfuerzo. Y esperé para realizar similar operación con Mila, que ya se recortaba sobre el cuadrado de luz de la salida.
Se me ocurrió, mientras bajaba Mila, qué pasaría si ahora, por cualquier motivo, se cerraba la puerta del sótano.
Podríamos levantarla sin dificultad, siempre que nada desde el exterior lo obstaculizara.

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