domingo, 13 de marzo de 2016

Sinestesia

La montaña rusa

La mañana es azul, o roja, negra o amarga ...
Huele a rocío gélido, a pluma de gaviota perdida y abandonada la noche de antes.
















Sabe a piel de melocotón en almíbar naranja claro, tintado sin fe.
Húmedos sonidos de sal roja, deambular melodioso.
La noche, lenta y deseada rutina de letras verdes, atrevidas y necesarias.
Cada día, una ausencia de color rosado, marca la hora de una nostalgia sepia que sabe a blues y country, a guitarra especiada con cilantro y meigallos ancestrales, acres sombras del pasado.
Luego visualizo una imagen dulce...
Y apago el ordenador.
(…)
-Piensa en algún paisaje de los que menciona Eugène en su diario. Alguno que te agrade o tranquilice.
Por supuesto, Fulcanelli conocía de qué forma Eugène se comunicaba conmigo. Aunque no los detalles concretos. Entendí que, de alguna forma, él había participado en alguno de esos pasajes. Pero no en la mayoría.
-¿Cómo el Anneau Tournant? –pregunté-.
-Algo así.
-¿Y después?
-Desea estar allí. Es suficiente.
Pensé…
(…)
“He observado que, cuando duermo cara al cielo, al techo, vamos, es cuando los sueños escapan de su habitual zona inconsciente para ocupar la memoria consciente, penetrando en el mundo que decidimos real, y son recordados como una actividad más.
Supongo que es ésta la causa de que recuerde en particular este sueño.
Quizá existen otros motivos, que no me interesa investigar.
Probablemente la luz del techo me sugirió el escenario: la luz del sol de principios de verano filtrándose a través de las hojas estrelladas del liquidámbar que la primavera, que se acababa, había transformado en tupidas  y sombrías copas.
Luces cambiantes al lento ritmo del paseo, filtradas por los diferentes verdes, amarillos, rojos de sus hojas.
No conocía lo suficiente el Jardín del Príncipe: Tan sólo había paseado de forma descuidada y atento a mis historias interiores por sus avenidas arboladas y sus bosques artificiales, pero evidentemente mi subconsciente no dejó de trabajar, porque, como en todos los sueños, las sensaciones eran muy vívidas y particularmente precisas, acaparando detalles indudablemente reales.
Sin duda la imaginación y mis temas ocultos completaban sin pudor los detalles.
Miraba al cielo, y sentía la húmeda bruma que levantaba al andar.
Al frente una abertura en la arboleda, a cielo abierto, azul y limpio de nubes, incluso de aves.
La Montaña Rusa se dibujaba sobre el fondo, nítida, como una tarta de brócoli.
Sólo verdes oscuros, salteados de grises troncos de plátano. Y en su cúspide el pabellón de madera que servía de mirador, entre otras funciones más privadas que permitía su situación privilegiada.
El camino se veía despejado, y avancé decidido, pero sin prisa, hacia la salida del húmedo túnel que se defendía aún del verano mesetario”.
(…)
-Desde aquí se ve la mano de la diosa –afirmé, mirando a la lejanía, más allá de la gran masa de árboles.
-Eso pensaba Juan –contestó Fulcanelli, apoyado en la baranda de la celosía, a mi lado-.
-Desde luego, la puesta de sol sí que vale la pena.
-Sin duda, y es buen momento, un buen lugar para la confidencia –Y añadió-. No te quiero presionar.
-Esta mañana, como adivinaste, quedé con Celia.
Yo no le miraba. Mi mirada intentaba sin más ir distinguiendo las diferentes especies y los diferentes colores del bosque que se extendía a nuestros pies. Proseguí.
-Normalmente dedicamos un rato, en la cafetería, antes de clase, a comentar algún incidente o chisme… Quiero decir, que yo escucho, y ella comenta.
-Lo creo.
-Me está dando lecciones del uso de mi móvil. Parece divertido.
Ahora Fulcanelli no dijo nada. Y yo no me detuve.
-Hoy Lilith venía con un plan hecho.
-¿Lilith?
Me volví a escrutar su expresión. No parecía más preocupado de lo normal. Volví a perder mi mirada entre los árboles. Y continué.
-Sí, Celia es Lilith en el mundo del móvil. En las redes sociales, supongo. Yo soy Sereira.
- Eugène.
-Sí. El caso es que Lilith, Celia, me llevó a hacer una excursión no programada.
-¿Muy lejos?
-En realidad creo que no tanto. Necesitamos conducir para llegar al centro.
-Os llevó Samael.
-No. Condujo ella. Samael estaba en otro sitio.
-Sorprendente.
-¿A que sí?
-Bueno, en algún momento Celia, Lilith, tenía que dar la cara.
Me sentí de nuevo manipulada. Parecía la tonta de la película. Todo el mundo sabía, menos yo…
Pero ahora no me importó. Al fin, parece que el tema no puede ser tan grave, puesto que Fulcanelli lo había previsto…
-Usamos un pasadizo aparentemente oculto, que -desde un aparcamiento del centro, no sé decir cual-, lleva hasta la cueva de Salamanca.
-A la cueva del Nigromante.
-Sí. A un mirador desde el que se domina la cueva, sin ser visto.
-Entiendo. No hay tanta distancia.
-Allí estaba Samael, Celia me dijo que era él, aunque yo no pude verle.
Fulcanelli no dijo nada. Así que continué.
-Al parecer, dirige una especie de secta, satánica o folclórica, de la que Celia forma parte. Y quieren que me adhiera…
-¡Qué estupidez!
-Sí. En definitiva, no sé si Samael sabía que estábamos allí, o no.
-Parece que Celia quiere impresionarte.
-Lo consiguió. Volvimos por el pozo del Huerto de Calixto y Melibea.
-Conozco ese camino, en parte.
-Después quedamos para ver la grabación de video que Celia tomó desde el mirador de la cueva. No tan impresionante…
-Esas tenidas son bastante previsibles.
-Parece que sí. El caso es que Celia… quiere conocerte.
Fulcanelli calló, un largo rato.
Por fin, se decidió a contestar.
-Buen resumen. Y una bonita excursión. ¿Volvemos?
(…)
Sin solución de continuidad, volvimos a la plaza de la catedral. Anochecía.
-No sé si va a ser posible –dijo al fin Fulcanelli-. Espera a mañana, y te daré una respuesta. Mientras, descansa. Y no comentes con nadie más esta historia.
-Me tomarían por loca –quise bromear-.
-Puede. Por si acaso.
Fulcanelli se levantó, quizá preocupado. Evidentemente no lo veía con claridad. Dijo hasta mañana, y se fue por la esquina de la plaza.
Yo bajé hasta la parada del autobús, y tomé uno de los últimos, camino del apartamento.
Iba pensando hasta dónde había podido adivinar Fulcanelli en qué consistió la excursión, y hasta qué punto Celia quería impresionarme…
De camino, comprobé que había varios mensajes de Lilith acumulados en el móvil.
Ninguno importante.

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