sábado, 12 de marzo de 2016

Aranjuez

Me agrada este lugar. Me agrada Aranjuez, su gente.

















Me gusta tener que ponerme en contacto con Juan. Me gusta Juan.
Es tan inocente…
Será como arcilla en mis manos, si él lo desea. Sospecho que no podré acercarme a él sin lograr una implicación emocional; pero me apetece hacerlo así…
Me gusta cómo escribe, cómo describe esas relaciones tan llenas de romanticismo erótico: Creo que su imaginación ha de ser desbordante.
¿Y qué si no se cumplen mis expectativas?
Será lo mismo, pero más aburrido, más mecánico.
Mi motivación se vería muy rebajada.
Pero si resulta a la primera, si se ve atraído por mi cebo, creo que las cosas se desarrollarán a mi gusto, más allá de la obligación moral…
Estoy deseando que conteste a mi correo. Estoy segura de que lo hará.
(Qué ridículo, insacular: Juan sí es un poco ridículo -como tantas de las historias que narra, ridículas y excitantes, placenteras-, tan superficial y anodino.)
Sobre la marcha, tendré que decidir mi modo de actuar.
Pero no puedo dejar de imaginar cómo será nuestro primer encuentro.
Se molestará: Los solteros vocacionales son muy celosos de su estado. Se comportan como misóginos por la fe.
¡Pura fachada!
Le haré una proposición que no podrá rechazar…
(…)
Al atardecer nacían las dudas. Junto con la consabida tristeza.
El sol anaranjado, tras la colina baja, evidencia las culpas. Se alargan las sombras de pecados fantasmas.
Era el momento en que, últimamente en forma casi automática, encendía su móvil, para llamarle.
Qué criatura tan sensible, desbordante de inocencia animal...
El brillo lascivo de sus ojos resbalaba todavía por su piel, sentía ahora un leve escalofrío, aún abrazándose las rodillas, en posición fetal, su ashana reflexivo desde la infancia, la mirada perdida, el oído atento a lo exterior y a lo interno...
Un cosquilleo placentero al rozar involuntario del vello de su pubis, recordaba pasadas incursiones, prometía nuevas exploraciones...
Se le iba haciendo una rutina imprescindible escuchar el contenido entusiasmo de su voz al constatar la cita vespertina, casi siempre renovada, las largas noches derrotando, hasta la extenuación, los sentidos...
Le daba miedo ese dejarse llevar confiada, recoger de su mente el estallido que elevaba su propio éxtasis creciente, el "no saber" alquímico...
Repetido y diferente... Las fases de la Obra se aceleraban tras cada encuentro.
Se sentía, sin embargo, malvada, traidora... y débil.
Su mente desnuda, inerme, entre sus dedos y sus labios.
La acción sofocaba el incendio latente de sus entrañas.
(...)
-¿Hola?...
...
-A las once. Ya he cenado...
...
-¡Jajaja! ¡Claro! Cosas verdes de esas que me gustan....
...
-Eso, cuida tu colesterol con cariño. Hasta luego...
(...)
-Lección de hoy. A veces es posible mantener dos conversaciones al tiempo...
-O tres…
-No hablo del lenguaje de las manos...

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