sábado, 13 de febrero de 2016

Mi nombre

La estupidez alcanza altas cotas.


Nos ocupamos de los síntomas, en lugar de analizar las causas, porque es más rápido, y tenemos poco tiempo.
Siempre tenemos poco tiempo, por eso lo desperdiciamos con tanta ansiedad, incluso cuando creemos estar dándole un buen uso, no perdiéndolo, dejándolo escurrir entre los dedos, como si intentáramos aprisionar el agua de una fuente.
Yo estoy claramente perdiendo el tiempo tratando de averiguar, pacientemente, qué sucede con las moléculas de un compuesto, cómo adoptan formaciones simétricas, a menudo asombrosas y complicadas; tratando de descubrir alguna de ellas que no figure ya en los textos especializados, para poder ponerle mi nombre, poner mi nombre al pie de un artículo destinado a alguna revista que sólo leen unos centenares de personas en todo el mundo, y esperar, al cabo de un año o dos, haber sido citada la cantidad suficiente de veces por colegas envidiosos como para destacar, y que alguna multinacional me haga una buena oferta para poder trabajar en cuestiones que no interesan a nadie, aparte de su inutilidad, y que la multinacional pueda incluirme entre sus objetos de lujo, prestigiosamente inútiles, procurando que tan sólo aparezca citada al pie de los trabajos prácticos de los ingenieros, orgullosos de trabajar con...
…mi nombre...
Es lo único que tengo. Es mi familia, mi eslabón perdido.
En su momento -cuando lo estimó oportuno, por su experiencia- sor Teresa me comunicó, tratando de ser amable, a la par que aséptica, que mi nombre llegó conmigo. Que fue lo único que traje conmigo.
Que alguien, en alguna parte, decidió dejarme ese único legado, como si ello fuera suficiente, importante...
Yo recibí la información con escepticismo; por mis compañeras sabía ya de ese tipo de sorpresas. Algunas de ellas conservaban recuerdos materiales –una medalla, un adorno-, que atesoraban al principio, para arrinconarlos después en un cajón donde su significado se fuera perdiendo poco a poco.
Soñaba con algo más productivo, más práctico, como la confesión de ser la hija oculta del rey de alguna importante monarquía centroeuropea; todas soñábamos cosas similares, pero nunca vi que el sueño se hiciese realidad, por tanto encontré natural mi triste sino, el mismo que el de mis compañeras.
Algo más prometedor, porque mi facilidad para las matemáticas auguraba un camino quizá no sencillo pero sí más definido que el de otras, cuyo futuro se encontraba mucho más limitado.
Aunque no daban a entender que ello les preocupara.
Mi nombre. Casi lo había olvidado, en un rincón de mi memoria, por inútil.
¡Qué aburrimiento!
(…)

Esta tarde, la cita con Juan. Ojalá resulte divertido.

2 comentarios:

Eusebio Freire dijo...

Me alegro de poder leerte, ojalá te encuentres bien y tu vida sea placentera.

Un abrazo, amigo.

John Sereira elturiferario dijo...

Un saludo amigo :)