domingo, 21 de febrero de 2016

“La Loggia”

“La Loggia” estaba en el sótano de un antiguo figón de los cercanos o adosados a la catedral.

               Era un local popular. Se celebraban, “sub rosa”, unas tenidas de lo más folclóricas, con vestimentas disparatadas incluidas.
               La mayoría de los asistentes, jóvenes estudiantes, acudían a beber, a ligar o para hacerse leer las cartas del Tarot o la palma de la mano, como corresponde a la edad y al lugar.
               Al principio me sorprendió la cita en tan estúpido local, que conocía de oídas, aunque nunca intenté investigarlo a fondo, por considerarlo una estrafalaria pérdida de tiempo.
               La vestimenta gótica o necrófila no era obligatoria; en otro caso, me hubiera negado directamente.
               En fin, acepté con reparos.
               El ambiente era asqueroso: olía mal, a sudor, a tabaco, a porros, a vino agrio. Hasta lo alto de la estrecha escalera de piedra pulida por el uso subía la pestilente vaharada.
               El ruido de conversaciones en voz alta, risas y gritos, era un motivo más para salir corriendo. La visibilidad, casi nula, otro.
               Juan, sin embargo, parecía seguro, y previendo mis dudas, me cedió el paso, no tanto quizá por educación, sino para que, quedando él a mi espalda, yo no pudiera retroceder. Salir corriendo, atendiendo a mi primera intención, quiero decir.
               Levemente posada su mano sobre mi hombro, me fue guiando.
           La cripta, que a todas luces no cumplía ninguna ley de seguridad ni de sanidad, era sin embargo mucho más grande de lo que la estrecha entrada hacía pensar.
               Apartando con educación a varios chavales desquiciados que pretendían hacer una “ouija” utilizando una copa de invertida, y dos o tres papeles recién anotados con “si”, “no”, “ella”, “él”, que evidentemente se divertían de forma extrema -ayudados por el alcohol de un gran vaso repleto de hielo, Coca Cola, y no se sabía qué más, y que compartían-, tratando de encontrar respuesta a sus dudas o deseos con respecto a la estudiante o salmantina, ausente, de sus pensamientos…
               Salvo el añadido etílico, era el tipo de ocurrencia que ocupaba alguna de las noches de orfanato que dirigía Marta. No me podía sorprender.
               Salvada esta reunión, y superada otra más discreta donde una especie de bruja o gitana disfrazada de zíngara leía por turnos el Tarot, Juan me condujo hacia la derecha, donde un estrecho arco de medio punto daba acceso a otra sala, con menos iluminación todavía.
               Pero sin ruido, lo cual era de agradecer.
               La algarabía exterior, una vez dentro, llegaba atenuada…
               El hombre de barba canosa, algo descuidada, que esperaba al fondo, sentado contra la pared ante una mesa de madera maciza, redonda y oscura, iluminada indirectamente por un punto de luz de tono rojizo que pendía sobre nuestras cabezas, saludó a Juan al verlo entrar -y a mí, porque iba a su lado-, con una leve sonrisa.
               Se levantó y nos dio la mano, primero a mí, luego a Juan, presentándose como Fulcanelli. 

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