sábado, 16 de enero de 2016

Marta


Soledad



Brigitte, Brígida, mi hija imposible.
Ángel comentó algo, o lo soñó.
¿Se lo oí en sueños? ¿Lo he oído muchas veces, y ya no lo recuerdo? ¿Sueña él todavía?...
Era nuestro único acuerdo.
Nunca me molestó que para él sólo existiera el trabajo, mientras admitiera mi capricho.
A mí el trabajo me importa una mierda ya.
Nunca me importó mucho, pero soy consciente de mi competencia. Y sólo la he desarrollado por él, hasta que...
Ya no sé qué decir, ni tengo nada que decir, y sus ojos de cordero degollado me dan asco.
Más que sus patéticos intentos de satisfacerme... ¿en qué?
No lo puedo evitar, me produce la nausea que tantas veces imaginé, que deseaba con pasión, sólo que ya es una nausea inútil, único síntoma de un embarazó que ya no puede ser ni imaginario…
No es mi intención herirle, lo amé. Ya no me queda moral ni para odiarle, sin razón, ni para despreciarle, sin ira, ni apenas para vivir.
No me quiero sincerar con él. No quiero que ni un resquicio de mi debilidad, ni un flanco, quede al descubierto.
Cuando pensé seriamente en la infidelidad, que no me podía reprochar -no por cuestiones morales, sino puramente fisiológicas- imaginé cualquier cosa. Cualquier solución, hasta la más sucia, era buena.
Sólo encontré una  silla vacía, allá donde la sombra de un fantasma se adivinaba, pugnando por materializarse.
Yo la percibía, casi conocía su nombre.
¿Brigitte?
Una alucinación, con nombre propio, que ya no quiero recordar, y que se repetía, que me perseguía, sin súplica, pero como si en mi mano estuviera darle vida...
Y un deseo, sensual, un picor real, imposible de satisfacer.
(…)
No sé si hice bien en comentarlo con el doctor.
Se le suponía suficiente discreción profesional, y yo fui muy imprudente.
Sin duda necesito un médico... un psiquiatra. Recuerdo cómo me envió al psiquiatra... o más bien se libró de mí, que era ya su objetivo claro.
En las últimas consultas, notaba su cara de impotencia, contrariado por mis visitas, por mis confidencias, que recibía con seriedad fría, al tiempo que evidenciaba su esfuerzo por no escuchar, por olvidar antes de saber...
Desde el principio, se planteó el tema psicológico.
Era elemental, y hasta yo lo entendía.
Todos los síntomas iban a parar a una abstinencia insana, a un deseo de maternidad enfermizo, que se traducía en continuas molestias y perturbaciones muy por encima de las normales en una mujer, incluso en mi mismo caso...
Cuando por fin le hablé  de alucinaciones, después de haberme rechazado con firmeza –me miraba como a una perra en celo, que sólo por un resto de educación, y el uso de la fuerza, soportaba- vio el cielo abierto.
El psiquiatra.
Se acabaron los antidepresivos suaves...
Él me recomendó que se lo dijera a Ángel, a mi marido. Nunca lo conoció, ni quiso. Pero era su obligación decírmelo: Que confiara en él...
Era hablar por hablar.
En su interior sabía, como yo, que esa posibilidad se esfumó hace años.
Al poco de confirmar la esterilidad de sus espermatozoides, de los que tanto presumió.
Su castigo es desproporcionado, pero el mío es insoportable.
Ya no hay compasión, ni comprensión, ni odio ni lástima.
Solo una nube difusa, creada por las pastillas. 

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