domingo, 13 de diciembre de 2015

Aranjuez. El Puente Verde

Ubuntu

Hay un después. Y hay un antes.

Quise sentir a Eugène, ser ella.

Y verificar que mis inclinaciones sexuales no están alteradas.
Podía, al parecer, atraer a Juan de forma artificial. Ella parece indicar que lo hacía así, con su Juan, que lo manipulaba…
Sin embargo, a la vez, confiesa que no había falsedad en su relación. Que Juan, personalmente, le atraía a ella en forma instintiva. Y él la apreciaba más allá de los arrebatos sexuales, dentro de lo que en su forma de entender la vida se inscribiría el amor.
No fingían.
Yo no sabía, no me había planteado comprobar, si mi escudero, mi Juan, era, como parecía, un eunuco.
Yo no era inocente. Lo atraje intencionadamente. Al menos eso pensé en su momento.
A juzgar por lo que he ido conociendo, deduciendo, fui yo la manipulada…
¿Debería estar molesta?
¿O me estoy inventando una coartada que disculpe mi presunta fechoría?
El aprecio, la amistad, no es lo mismo que el amor.
Y parece imposible pensar en una amistad heterosexual sin sexo…
Si es una persona, si no es un golem, se está conteniendo.
Por respeto, o por temor.
Me gustaría comprobarlo. Pero tendría que ser algo no calculado.
Esperaré la oportunidad, y daré un paso inequívoco.
Pensar sólo en Celia, en la atracción animal que me inspira, no puede ser bueno.
Me han dicho los dos que es, lógicamente, peligroso para la obra.
Pero sin énfasis.
Son cautelosos.
 Me doy cuenta que no quieren dar pasos en falso, que la situación no es sencilla de analizar.
(…)
-¿Quieres decir que puedo, sin más, desplazarme en el tiempo y el espacio a voluntad?
Juan asintió.
-¿Y te puedo llevar conmigo?
Volvió a asentir, intentando disimular un rubor delator.
Faltaba nada para empezar las clases. Eran sus cinco minutos diarios de café con leche con su dama, enfrentados en la ruidosa cafetería.
Pero no se veía ningún dragón cerca, ni se lo esperaba.
Hasta el final de las clases no estaba previsto que nos viéramos. Y eso no era todos los días.
Noté en mi interior que mi mirada se había vuelto lasciva, brillante.
Eso es lo que le hizo ruborizar, sin duda.
Había aprendido a detectar, casi a controlar, esa expresión animal, que delata la atracción sexual fuera de control.
Había aprendido con Celia. Reprimiendo mis sentimientos, por encontrarlos impropios.
Ella parece despreocupada, como si pensara: Surgirá el momento, ya me tienes.
Juan no se ofrecía. Tampoco se oponía.
Miré a la mesa de la cafetería, para no sostener su mirada, y poder seguir preguntando.
-Lo del tiempo no lo entiendo.
-Es complejo –dio la respuesta esperada-.
-Quiero decir: En un periodo de cinco minutos, lo que queda para entrar en clase, ¿se podría plantear un desplazamiento de mayor duración?
Yo seguía mirando a la mesa. Dirigiendo con el dedo las gotas de agua que supuraba el vaso de hielo. Si hubiera tenido el móvil, quizá lo hubiera intentado usar para parecer distraída, como hacía Celia.
Yo no sé hacerlo igual. Y ya no tengo móvil, en cualquier caso. Debo solucionar eso.
Dibujar con el dedo la trayectoria de las gotas del rocío del hielo sirve igual. Y se me da mejor.
-Teóricamente sí –escuché que contestaba, sin atreverme a mirar su expresión-.
-¿Y volver después al momento inicial?
Levanté la vista, para ver sus ojos ahora.
-Si lo deseas.
-Esa respuesta es la que daría el genio de la lámpara –quise bromear-.
Y sonreí a su mirada limpia. Demasiado seria.
O bien era un eunuco, o también sabía disimular sus sentimientos.
Opté por pensar, como tercera vía, que era sincero. Quizá se sintiera agredido…
Él optó por sonreír, haciendo una reverencia al modo oriental.
-Escucho, y obedezco.
-Me gustaría hacer una excursión, para salir de la rutina.
Me sentí Sherazade.
Me sentí niña, juguetona, pícara. Algo que procedía de mi aprendizaje en el orfanato, sin duda.
Y la excusa era mala, que hacía días que mi rutina apenas existía.
Como a Juan no pareció importarle precisar lo contrario, seguí jugando.
-¿Dónde te gustaría ir?
-¿Ahora? ¿En serio?
Asentí. Yo había dejado de jugar con el agua sobre la mesa. Y cruzando los brazos quise dar a entender que la proposición era seria.
A Juan pareció relajarle mi actitud. Me miró pensativo un rato. Repasaba en su memoria…
-Me gustó el jardín de Aranjuez –afirmó finalmente-.
-El jardín de la Isla, claro…
Durante unos minutos, anduvimos jugando alrededor de la fuente, a espaldas del maestro. Recordé la imagen.
 Tampoco recordaba yo otro momento en que nos hubiéramos encontrado en tal situación, sin misión ni obligación alguna, sin la vigilancia presencial o lejana del maestro.
Extendí las manos, para encontrar las suyas. Las tomó.
Y pensé en el Aranjuez de Eugène, que probablemente me estaba guiando de nuevo.
(…)
La mañana es preciosa.
El sol se filtra entre las altas copas, dibujando en el piso de tierra fractales de luz.
El rumor del agua, de las fuentes, llega de todas partes, compitiendo con multitud de especies de aves, que cantan en su lenguaje. Un lenguaje que tengo la sensación de conocer.
Parece que saludaran. Que nos saludaran.
Ante nosotros se extiende un entramado de calles delimitadas por Boj.
Caminamos, las manos entrelazadas, mirando con curiosidad todo el paisaje que se nos ofrecía en los cuatro sentidos.
Dejamos atrás a Hércules, ocupado en sus múltiples trabajos.
Grupos de visitantes se entrecruzan. Somos una pareja más.
En la primera fuente, rodeada de bancos de piedra, leen, aquí un periódico, allí una novela, aquel grupo consulta una guía.
Nos detenemos junto al niño de la espina. Un accidente doméstico lo mantiene ocupado eternamente. El mensaje que trae, enviado probablemente por la Venus que se enorgullece al fondo, destinado al Apolo que dejamos atrás, va a tener que esperar.
Las Harpías, alrededor, parecen burlarse de la situación.
El marqués de Zubia, anacrónico, viene, paseando, de visitar a Baco.
Diría que sólo nosotros podemos ver su vestimenta dieciochesca. Sus puntillas, sus calzones de seda dorada, su pañuelo, que agita al aire.
Nos saluda, sin detenerse, con un guiño, rumbo a tareas de la corte.
Abandonamos el paseo principal para visitar nuestra fuente, y rodear enlazados de una mano el Anneau Tournant.
Luego, hasta la torre.
Comprobamos la madurez fragante de las fresas que tapizan su base.
Y más allá, donde árboles de otros continentes nos ofertan sus frutas exóticas.
Compartimos un Caqui, naranja brillante, de dulce y húmeda aspereza, bordeando el sotobosque que encauza la Ría que hace cierto el nombre de Isla del Jardín.
Detrás de la última puerta, del último puente de salida sobre la Ría donde inscripciones en francés dan fe de la vigilancia de las Guardias Valonas, acabaría la Isla, al desembocar la Ría en su padre Tajo.
Pero hoy no sucede así.
El Puente Verde se ofrece para extender nuestro paseo hasta la otra orilla del Tajo. Y la Guardia Real que lo flanquea no nos impide hacerlo.
Hacia la mitad del puente nos detenemos para contemplar los imposibles Arcos del Puente de la vía, que en ese mismo instante es atravesado por el Tren de la Fresa, envuelto en humo, repleto de frutas fragantes, camino de Madrid.
Siguiendo la rivera, ya al otro lado -en contra de la corriente del Tajo, el jardín en la otra orilla-, campos de fresas a los que no se ve fin arrancan desde la alameda que marca el camino de una de las Doce Calles.
Alcanzada la inmensa rotonda renacentista, escogemos la calle que conduce a Legamarejo, dejando a la derecha la Puerta Cirigata.
Tras superar el hipódromo y las instalaciones hípicas anexas, entre altas alamedas, de nuevo campos de fresas.
Y más allá, el bosque de ribera que precede al punto donde Tajo y Jarama se unen definitivamente, hasta Toledo, hasta Lisboa, donde el Tejo desemboca en el Atlántico, en el occidente de los peregrinos…
Las raíces de los arbustos de la zona nos ofertan la dulzura sensual del regaliz.
Y decidimos parar allí, a descansar de un cansancio no sentido, sobre la hierba.
Lo solitario del lugar -sólo ruiseñores ocultos nos vigilan, haciéndose notar-, y el cielo azul, apenas moteado de blancas, altas nubes, invitan a la confidencia y al juego.
Como la conversación nos parece inútil, pasamos al juego, eterno, de las caricias y los besos.
(…)
Mi intención no era limpia.
Deseaba contrarrestar aquella pasión perniciosa que se iba apoderando de mí.
Pero la pasión que desatamos sobre aquella pradera fue la natural. La que puede, quizá, derivar en lo que llamamos amor. O no.
En cuanto a Juan, tengo ya la certeza de que no se trata de un eunuco. Quizá un príncipe destronado…
Gentilmente, entendió que yo me ofrecía por primera vez. Y supo satisfacer mis apetitos y mis necesidades con total satisfacción.

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