domingo, 27 de diciembre de 2015

A la luz de la luna

A la luz de la luna, los matices cambiaban. Se diría que las pupilas adquirían el brillo de la vida y los pómulos se arrebolaran levemente.

Y toda ella, todo su busto en escorzo, parecía a punto de girar para enfrentar al espectador.
Era como ella había dicho: Isabel, supe por fin que así se llamaba, gracias a la breve nota que adjuntaba al retrato.
No sé por qué tiene tanta confianza en mí.
Supongo que fía en que, desde el primer instante, comprendió que me tenía absurdamente esclavizado, por su rara belleza, por su personalidad, por sus taladrantes ojos claros, no sé…
Sin embargo, siendo yo su abogado, no le hubiera recomendado usar una vulgar mensajería para transportar una obra de tanto valor…
Ni como sucedió, aunque sea su abogado, tampoco que sin más me ofreciera el embalaje cerrado donde guardaba la pintura para que yo me la llevara a casa y pudiera comprobar directamente que la fantástica historia que me estaba contando era cierta.
Tenía una noche, antes de devolvérsela, para que ella la pudiera entregar a la galería donde se iba a efectuar la subasta, en el plazo pactado.
Aunque algo me hace sospechar de otros motivos extra laborales que no alcanzo a vislumbrar.
Entre los dos, estábamos acumulado una insensatez sobre otra, pensé. 
Pero no dije nada.

Lo cierto es que sucede como ella dijo.

(…)

“Es a la luz de la luna cuando sucede.
Lo descubrí de forma aparentemente casual.
Aunque es cierto que el trabajo me absorbe sistemáticamente, jamás se me había pasado por la imaginación acercarme de noche al estudio.
No había ningún motivo razonable, y mi trabajo soporta mal la luz artificial, por muy buena que sea.
Acabábamos de cenar, ceremonia que, cuando no estaba mi padre, como hoy era el caso, consistía en probar al menos en parte lo que nos iba trayendo el servicio, en un silencio sólo roto por el trasiego de los cubiertos, cada una, mi madre y yo, desinteresada de la otra…
Sentada, mirando al plato del postre, vacío, meditaba en detalles absurdos sobre mi trabajo.
Y noté como un aviso, sin sonido…
Una llamada interior me incitó a dar aquel paseo por la noche, cosa que me sucede muy esporádicamente, aunque no era del todo raro que decidiera hacerlo, y a mi madre no le extrañó mucho, como ya no le extrañaba nada.
Admitía mis rarezas con desdén, y ésta era de las más inofensivas; así que me limité a comunicárselo y ella a asentir, con poco interés, a la vez que miraba para otro lado, como para atender obligaciones inexistentes.
Allí quedó sentada, haciendo amago de esperar que el servicio atendiera su imaginaria necesidad, mirando hacia la puerta, pero enfocando al infinito, para no verme marchar.

Seguía, creo, con mi inercia habitual, callejones de sobra conocidos, intuyendo setos y muros mal iluminados, pensando en “nada”, cuando de repente tuve delante el portal del estudio.
Extrañamente se hallaba abierto, a pesar de la hora.
De otro modo no me hubiera sido posible entrar, aunque lo hubiera querido, pues no llevaba la llave.
De forma automática subí, a oscuras, tratando de no hacer ruido para no delatar mi presencia a los vecinos, a aquellas horas intempestivas  -por lo mismo rechacé la idea de usar el vetusto ascensor- hasta el ático.
De detrás de la mata de geranios que había en la maceta sobre el falso balcón pegado a la puerta, extraje la llave de la buhardilla.
Era mi método habitual, para no tener que cargar con la llave a diario.
No encendí la luz. 
A través de la claraboya del techo, la luz de la luna iluminaba mi mesa de trabajo, situada estratégicamente bajo ella.
Y de inmediato –el resto eran bultos sobradamente conocidos para mí- el retrato, -que había debido olvidar tapar, o bien el trapo destinado a ello había caído por haber sido colocado con descuido- asaltó mi atención.

(…)

Para nada se trataba del óvalo oscuro que cabía esperar.
Por el contrario, tanto el marco, como el propio retrato, se perfilaban asombrosamente bien; mejor y con mayores matices que a plena luz del día, observé asombrada.
De inmediato, noté que el retrato semejaba la vida en tal medida, que parecía salirse, o más bien asomar a través de una ventana.
Intuía un “fondo”, una habitación, una fuente luminosa, probablemente una ventana, que suministraba la luz necesaria para mostrar adecuadamente aquel rostro.
Una ventana que, si me situaba en la posición del pintor, estaría a mi espalda, tras mi hombro izquierdo, donde yo sabía que existía la ventana real, la de la maceta en la que solía dejar la llave del estudio.
Solo que también sabía que era imposible que por aquel ventanuco pudiera entrar luz ninguna; ni aún de día.
Desde que entré y me hice cargo de la escena, no me había movido en absoluto.
Ahora tuve miedo de hacerlo.
No quería mirar a mi espalda, por si descubría que a través de la ventana, mi ventana, penetraba una luz imposible.
No intenté mover siquiera la cabeza, por si al hacerlo aquella faz melancólica se me enfrentaba.
Estuve paralizada un tiempo, observando fijamente aquel rostro impasible,
Sin embargo su expresión, por algo que pareciera titilar en sus ojos, me “llamó”, y sus labios estrechos parecían a punto de pronunciar una exclamación, o un nombre… 
Antes de que nada sucediera, volví bruscamente la cabeza, para encontrar aliviada que mi ventana estaba tan oscura como debiera.
(Y que el supuesto foco me hubiera debido atravesar, para alcanzar el lienzo)
Con esa seguridad, me enfrenté de nuevo al retrato, con la esperanza de que todo tornara a la normalidad, y yo pudiera decirme a mí misma que había tenido una alucinación…
No fue así, sin embargo…”

(…)

Isabel me sugirió algo que pensó más tarde, después de huir precipitadamente de su estudio.
Su trabajo, en realidad, estaba terminado.
Por la mañana embalaría el cuadro, y al otro día la galería se ocuparía de recogerlo para unirlo al resto del lote a subastar.
Ya por la noche, había decidido acudir al abogado. 
Con Luis no habría problema. En estos y en otros temas, él la obedecía ciegamente. Una llamada bastaría.
Lo que no podía conocer con seguridad es si de alguna manera el proceso que se había iniciado tendría una continuación.
Por la mañana, a la luz del día, todo había vuelto a la “normalidad”
El trapo cubría el retrato: no tenía que verlo.
Fue lo último que hizo por la noche, taparlo de golpe, antes de salir precipitadamente del estudio.
Así que se dedico al embalaje, sobre el mismo trapo.

(…)

Cuando supo por la secretaria que yo le atendería, ya no pudo más con la tensión, y se precipitó en mi despacho, hablándome, como si nos conociéramos de toda la vida, hasta que se percató de que yo estaba descolocado, y no sólo por la historia, algo con lo que no había contado… Porque según ella, el nombre coincidía.
Así que me arrastró a una cafetería donde, yo ya algo más centrado, escuché sus locuras alucinógenas, valorando seriamente la posibilidad de que me encontrara ante una adicta al arte… y a alguna sustancia, que podría ser cocaína…

Con algo más de calma, ante sendos cafés, me contó su experiencia de la noche anterior, y me explicó por fin por qué mi nombre era importante para sus “planes”.
Pensé que, al fin y al cabo, Jorge es un nombre muy corriente.
Pero ella insistía en que ese fue el nombre que la dama del cuadro le quiso transmitir, luego en sus divagaciones, aquello era importante, básico, vamos.
E interiormente sostenía que era razón sobrada para confiar en mí…
No quise defraudarla.
Además, me gustó ella, lo que para mí era también motivo para tragarme cualquier cosa que dijera o demandara.
No andaba yo en mis cabales tampoco…
Así que tomé el paquete con el cuadro, que ella llevaba en el maletero de su coche, y me dispuse a seguir sus instrucciones –a satisfacer sus caprichos- pensando que con posterioridad podría inventarme lo que me conviniera en cuanto a los resultados prácticos.

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