domingo, 22 de noviembre de 2015

L'Anneau Tournant

L'Anneau Tournant

-La Fuente de las Horas. Aquí está el reloj.
Ella se situó sobre la loseta que tenía el símbolo I, y desde allí nos separamos para rodear la fuente.



La mano de la diosa

El Anneau Tournant es la puerta de comunicación con la diosa.

-Estamos en la fuente de las Horas, en el jardín de la Isla, en Aranjuez.
Abrí los ojos.
-Claro, Aranjuez.
(…)
Desde el mismo banco en que instantes antes se contemplaba la facultad de Farmacia, se muestra ahora una fuente sencilla, una taza sobre una columna.
Una sola taza con un surtidor en el centro que eleva el agua en vertical lo justo para producir la música del agua corriente.
Desborda el agua, que se derrama sobre un estanque de nenúfares circular.
Un anillo de losas de mármol con signos esculpidos en cada pieza lo rodea.
Ya Juan se ha levantado para recorrer el anillo, observando las marcas.
Sé que se trata de numeración romana en número igual a los de un reloj, pero desordenados.
Plátanos de gran porte, como nunca vi, nos protegen del sol de poniente. Y acogen a los pájaros, de regreso a su refugio, que mezclan sus cantos con el rumor de las fuentes.
-A nuestra espalda está la torre.
Me volví para verificar el acierto del maestro.
-La torre, junto con el Anneau Tournant, abren la puerta de la casa de la diosa, la Mariblanca, la Venus eterna.
-¿Podemos entrar? –me salió, curiosa-.
-El mecanismo funciona sólo en ciertas conjunciones estelares. Además, tu inconsciente nos ha traído a un tiempo anterior, porque me consta que en el hoy que vivimos las losas de mármol que ves ya no están. Se sustituyeron por otras, más sencillas, y sin marcas.
-¿Tú has visitado a la diosa?
-No.
No pregunté por qué. Me apeteció de pronto acompañar a Juan en su expedición.
(…)
-La Fuente de las Horas. Aquí está el reloj.
Ella se situó sobre la loseta que tenía el símbolo I, y desde allí nos separamos para rodear la fuente.
Tomé por la izquierda siguiendo las losas marcadas con números romanos, caminando con dignidad, mientras Eugène seguía el sentido derecho -el contrario al de las agujas de un reloj- en lo que me parecieron ridículos e inapropiados saltitos.
-Une, –cantó Eugène, en alta voz-... trois,... six...
-Cinco,... dos,... diez, - yo, a la vez.
-... sept, ... quatre –Eugène.
-…doce, …ocho –yo.
-Et onze –Eugène.
-Y nueve –yo.
Y nos tropezamos justo al otro lado  de la fuente, contemplando ahora, al volvernos a mirar hacia el centro, su sencilla taza rebosante de agua que se derramaba cantando”
(…)
La secuencia de Eugène y Juan descifrando la fuente, que quizá quedó grabada en el paisaje, me animó a reproducir la escena, con mi escudero.
Aunque pensando la secuencia numérica, sin palabras, y en castellano. No conozco apenas nada de francés.
Después de jugar a recorrer el anillo, busqué al maestro con la mirada.
Fulcanelli se había levantado y ahora nos daba la espalda, contemplando la torre con aptitud pensativa.
(…)
-¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
-Es fácil, estando contigo. El tubo cumple tus deseos.
-El tubo que busca Asmodeo –afirmé-.
-Sí. Me pregunto si el tubo sería tan complaciente con sus deseos. En cualquier caso, mejor no comprobarlo.
Sus dudas me hicieron al maestro más asequible. Fulcanelli parecía serio. Pero comprendí que era el momento de preguntar, sin tasa…
-¿Estamos seguros aquí?
-Bastante. Pero nunca del todo.
-¿Más seguros que en “La loggia”?
-Ahora sin duda. En otro momento, Juan y yo pensamos que era una buena opción. Resultó que no. Al menos eso parece.
Juan se había situado, silenciosamente, al otro lado del maestro. Escuchando con la misma apariencia ausente que ya conocía. El hecho de que él hubiera participado en las deliberaciones del maestro, como ahora confesaba éste, hizo que subiera en mi consideración, un poquito…
-¿Por qué un lugar como “La Loggia”?
-Nos pareció que Asmodeo no nos buscaría en su casa. “La Loggia” forma parte del entramado de la cueva de Salamanca, donde a su vez se integra la cueva del Nigromante, el aula de Asmodeo.
-Conozco un poco Salamanca. La entrada a la cueva está a una cierta distancia de la catedral.
-Por supuesto, hay comunicación subterránea. Es lo habitual. Por otro lado, para un conocedor del tema, las distancias no son un problema serio. Esas comunicaciones a veces son materiales, otras veces son curvas dimensionales. Nuestra física no domina su uso, a pesar de conocer su existencia. Pero el uso existe. Lo has podido comprobar.
-Se hace difícil de comprender –medité en voz alta-.
-El uso, como has podido experimentar, supera la comprensión.
-Otra cuestión, que me preocupa de pronto. ¿Realmente hemos sobrevolado Salamanca? Pensé que se trataba de algún tipo de alucinación. Que me hizo sospechar de ti.
-Un poco de cada. Necesitaba comprobar cómo reaccionarías al hecho. Esa forma de “volar”, ya lo has visto, resulta primitiva.
-Si querías impresionarme, desde luego lo lograste. No me pareció recomendable tu compañía, entonces.
-Lo comprendo. Era un riesgo más, que necesitábamos superar.
-Es mucha distancia para un subterráneo…
-¿Ves aquella torre?
Señaló con la mirada la torre a la que antes se refirió, alineada con la fuente.
Asentí.
-Por caminos olvidados, comunica con una laguna a varios kilómetros de Aranjuez. Es un camino prehistórico, que después recuperaron los arquitectos que diseñaron estos jardines. Las numerosas fuentes que nos rodean aquí, a la ribera del Tajo, se alimentaban originalmente con el agua del Mar de Ontígola, que así llaman al humedal que se ubica en la meseta. La diferencia de altura se ocupaba de que los surtidores fluyeran bajo control hasta una altura apreciable.
Me volví, para valorar cómo el surtidor de la fuente del Reloj podía obtener su fuerza de un lugar tan lejano.
-No sabría decirte, en este momento preciso, si el rumor de agua que escuchamos viene de allí. Bastaría con verificar si se trata de agua salada o dulce. Lo más probable es que no.
-No importa en realidad –prosiguió-. Imagino que si nos has traído a este lugar y este tiempo, bajo la guía del tubo, serán ya motores los que hagan funcionar las fuentes. Cuando Eugène anduvo por aquí, ya se había perdido incluso el recuerdo de aquellas conducciones. Y sin embargo ella fue capaz de recorrer el camino subterráneo que une esta torre con la prehistórica gruta que existe debajo de la laguna. Allí seguirá una de las máquinas del tiempo que dejaron las civilizaciones anteriores a la nuestra, las que diseñaron el tubo.
Me pareció recordar un pasaje en que el diario de Eugène se refería a esto.
Como tantas otras cosas, no lo consideré real, sino metafórico.
Ahora entendía cómo ella, fase a fase, adquiría las capacidades de traslación en el espacio y en el tiempo de las que estábamos haciendo uso.
Y la perplejidad del otro Juan, que trasladó a su novela el momento.
Él también supuso que alucinaba, como me pasó a mí en Salamanca.
(…)
De pronto, me percaté de nuestra situación real…
-Es decir que Asmodeo, Sammi, podría estar buscándonos en este momento, aquí mismo.
-Sí. Es improbable, pero no imposible. Tendríamos que saber más de Celia.

Mi silencio me hizo sentir culpable.

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