domingo, 26 de agosto de 2007

El diario de Eugène



“No sé porqué acepté ese documento.

Sé que no puedo perder el tiempo; los exámenes están al caer.

Bueno, podré olvidar que existe. Al fin, lo cogí por compromiso.

Es largo y puede ser pesado: No me interesará…

Lo olvidaré; diré la verdad: No tuve tiempo.

… Tiene una forma y una textura muy especial. Desprende un ligero aroma… ¿francés?

Olvídalo, Brigitte, ya te están enredando.

Justo ahora que me debo concentrar en sacar nota para garantizar la beca…

Lo dejaré por ahí. Con el tubo, el chisme ese que debo olvidar también…

Ese Fulcanelli es un chiflado; y Juan es estúpido. En qué hora se me ocurrió que era… ¿guapo?; es atractivo, pero estúpido como todos los hombres.

Más, porque su educación linda con lo absurdo”.

(...)

El libro, encuadernado en piel, oscura, sin duda a mano, se abrió al caer sobre la alfombra. El tubo rebotó sobre el texto manuscrito, y luego rodó lejos, hacia un dibujo de la esquina de la alfombra donde estaba uno de los pentáculos.

Pero Brigitte no pudo verlo de inmediato, porque se dejo caer sobre la cama, sintiendo un leve dolor de cabeza, y cerró los ojos, para intentar atenuarlo.

Pero al poco de encontrar la negrura esperada, lo vio, como si lo tuviera delante.

Una letra suelta, elegante y fácilmente legible, en azul o violeta aparentemente escrito con una pluma, porque el delgado papel no hubiera soportado la presión de otro sistema de escritura manual.

Unas palabras en medio de un párrafo se aparecieron ante sus ojos cerrados:

“… y Brigitte. ¿Qué pasará con ella? Ni siquiera la conozco. Me hubiera gustado haber encontrado la forma de que Juan me la presentara…”

Brigitte se sobresaltó. Con un leve ¡OH! de asombro, se irguió, sentada, abriendo los ojos más de lo normal, mirando al frente, para asegurarse de que permanecía en su habitación, y de que no soñaba…

Por fin se decidió a bajar la vista, para recuperar la realidad…

El libro realmente no estaba abierto, aunque sí en una posición extraña: En lugar de reposar plano sobre la alfombra, permanecía de canto, ofreciendo su lisa cantonera oscura, apoyado sobre ambas tapas que se habían inclinado al abrirse por un punto medio, de forma que el equilibrio se mantenía.

Al cogerlo Brigitte, cerrándolo a propósito, lo volvió a observar volteándolo por ambas tapas:

La trasera lisa.

La delantera tan sólo “Eugène”, en letras góticas.

Como ya antes había observado.

Sabía que, si permitía que el libro se abriera sólo, y éste había sido usado, aparecerían con probabilidad las páginas más consultadas: la misma abertura por la cual el libro se sostenía hace un momento sobre el suelo, y que correspondía a la parte final del tomo.

Un vistazo al conjunto de las hojas también lo hacía presagiar.

No le pudo sorprender ya que, al proceder a la apertura del libro siguiendo el camino de menor resistencia, se tropezara con la misma frase que había “soñado”, o intuido, o adivinado.

El texto continuaba:

“Sé que no es imprescindible, pero me hubiera gustado conocerla.

Tampoco sé si hubiéramos simpatizado; podemos ser muy diferentes.

Como sea, olvídalo Eugène, no debes intentar forzar la mente de Juan en ese sentido: Es lo que él considera su vida privada, a la cual no tengo por qué tener acceso sin su consentimiento.

Cada cosa a su tiempo.

Pero me hubiera gustado tener un contacto personal con quien ha de recuperar la memoria perdida.

Estoy convencida de su éxito, pero los métodos pueden variar, hacerlo todo más sencillo o más complicado.

Si hubiéramos podido contactar, mi imagen y mis pensamientos hubieran permanecido en el borde de su subconsciente, y la podría ayudar y dirigir con más facilidad.

Sin embargo, el doctor no lo estima así. Piensa que es un factor poco importante, que sólo podría crear riesgos innecesarios.

Ahora. Brigitte, debes estar leyendo esto; tómalo como un saludo desde el otro lado de alguien a quien no conoces, pero en quien puedes confiar…

Recoge el tubo, y él guiará tus manos hacia… ”

Brigitte cortó la lectura de golpe, para meditar. No salía de su asombro.

“Pero ¿me estoy volviendo loca? –se decía a sí misma-. Este libro me está hablando… a mí… Todo esto es absurdo. Debe tratarse de una confusión, o de una broma pesada”.

Y de nuevo cerró el libro de golpe, aprisionando con fuerza las tapas, para que no se abriera ni por accidente…

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