martes, 31 de julio de 2007

Apariencias


Para mí es fácil hablar de Marta.

Basta conocerla para que te acuda a la imaginación todo lo dulce, delicado y bueno que recuerdas.

Para ello, por supuesto, el concimiento no puede ser superficial, ni escaso, sino profundo y largo en el tiempo.

Como no podía ser de otra manera, dadas las circunstancias.

Por ello, un primer contacto visual no aporta nada especial o llamativo, más allá de lo habitual.

Habilidades femeninas:

El peinado, en rizos negros, hábilmente distribuídos, y un leve maquillaje te conducen, sin solución de continuidad, a unos ojos grandes, oscuros y húmedos, marcados con naturalidad; expresan bondad y comprensión, y apuntan una sospechada timidez. ¿Sospechada o sospechosa?.

Esto último porque, si has logrado enfrentar su cara, por primera vez, sin duda ha sido de modo fugaz, provocando una inmediata huida, que te mostrará una nuca descubierta, en claro contraste con el pelo negro, recogido aquí, con algún sencillo adorno, perfectamente conformada y expuesta; rematada por la sabia elección del color del vestido que enmarca aquella extraña delicia.

Marcando, sin embargo, de alguna forma las distancias con la también femenina y natural coquetería, ya que el movimiento automático que provoca esta visión inclina a pensar en rechazo o desdén, más que en despertar el interés mediante el inicio del eterno juego calculado de la seducción.

Casualmente, debido a este extraño comportamiento en una fémina, que en otra ocasión hubiera precipitado mi desinterés natural, le dediqué especial atención a Marta el primer día; antes de ampliar los motivos.

(Por supuesto, con la complicidad de Silvia. Más tarde hablaré de Sivia ...)

Un sentimiento de solidaridad, ante lo que yo quería imaginar como sendas fugas descaradas con motivaciones similares, me hizo buscar, intuitivamente, la simpatía, si no la ayuda, de quien podría comprender y compartir problemas de origen interno.

Entonces yo tenía aún en la cabeza una experiencia que me impresionó de modo notable, allí donde el inconsciente nos juega malas pasadas, eludiendo todo intento de acercamiento a los motivos últimos que nos pudieran aportar una solución, o al menos el desmenuzamiento racional de una cuestión que de pronto se nos aparece como de importancia vital.

Se puede contar, y de hecho ya lo había comentado, en tono chusco, de aquella forma en que, a través del chiste, pretendemos librarnos de nuestros miedos interiores, para que se hagan menos apabullantes al ser compartidos.

Y claro, según como se cuente, puede resultar muy chistoso.

Era una confesión destinada a quitar hierro a la situación, que me había descolocado las entrañas, previniendo que, en alguna forma, pudiera ser apreciada en su justa realidad, pero a traición.

Ofertando mi posición como ridícula, evitaba la posible sospecha de que hubiera algo más interesante bajo aquel chascarrillo de entreclases.

E impidiéndome mi orgullo que se pudiera ni siquiera imaginar que daba pruebas de debilidad.

Mi obsesión oculta.

Porque no eran esos mis sentimientos.

Había acudido recientemente a un cursillo sobre técnica en pintura, donde la sucesión de diapositivas, perfectamente documentadas y explicadas, no hacían olvidar sin embargo el calor que se abatía sobre el local, inadecuado a todas luces.

En cualquier caso, el tema me interesaba, en líneas generales, lo suficiente como para no prestar atención a detalles de forma; más siéndome conocidos, y compartiendo, los motivos que existían para que ésto fuera así.

Por otro lado, era consciente de asistir a un cursillo en que tanto la temática y su enfoque como su director y autor podían ser irrepetibles, a la par que
interesantes.

De pronto, al cambiar la diapositiva, una ampliación rompió mi cadena de pensamientos, que, debo confesar, por mor del calor, y de la densidad de la información acumulada a que el tiempo obligaba, empezaba a situarse lejos del objetivo central que nos reunía.

Me pasa a menudo, y como renuncié interiormente a racionalizarlo, me hundo morbosamente en cambio, cada vez, en cuerpo y alma, sin pensar en las consecuencias, a fondo:

Me acababa de enamorar de la nuca que, correspondiendo a un cuadro que no viene al caso recordar, el orador nos mostraba como una maravilla de la técnica del pintor en estudio. Otra más.

Yo no escuchaba ya, absorto en esa sensación, no por conocida menos profunda, que me invadía cada vez que el amor me golpea a traición; entre la oscuridad y el silencio general, perdí el hilo del discurso profesional durante un tiempo larguísimo
que me facilitaba la contemplación.

De pronto, cambió la diapositiva, para mostrar ampliado el detalle.

Los elogios del ponente sobre la genial resolución del artista para provocar el efecto visual no me llegaron en modo alguno.

En cambio, una profunda sorpresa, pena y luego nausea, me invadieron de pronto.

Faltó poco para que abandonara la sala, a pesar de ser ésto prácticamente imposible, pues hubiera tenido que atropellar a toda la asistencia, o descubrir para la humanidad un método de vuelo sin tecnología ninguna, que me permitiera salvar la distancia hasta la puerta de salida, al otro extremo de la improvisada aula.

Descartada la apetecida salida, arrastré mi recién adquirida depresión hasta el final de la clase, aprovechando el retorno de la iluminación para, atropellando, ahora sí, a toda la concurrencia, desaparecer, poniendo cara de prisa, y mirando, sin
ver, la hora en el reloj, para justificarme, y por no cruzar la mirada con alguien que hubiera podido adivinar ...

Pero, he de confesarlo, quien me conoce ya está acostumbrado a esta clase de desapariciones mías; y yo, por mi parte, abuso de esa costumbre, eludiendo también por norma cualquier explicación.

Por lo que tampoco sé como son recibidas, pero no es una de mis preocupaciones más importantes, realmente.

Todos tenemos nuestras rarezas, y, de cara al público, es preferible que éstas sean notables, para no hacer pensar en otras peores o inconfesables.

Y confío en que la cosa se vea de esta manera.

(...)

Es un manuscrito del XVIII (?) donde se explica la historia de una cabeza de Harpía de las que hay en el jardín. Lo tenía en casa Marta, heredado.

Su cara, su perfil y su expresión coinciden con la de la estatua, la esfinge.

Por cierto que Marta es una buena persona.

(...)

Monstruos alados de la mitología griega con cara de mujer y cuerpo de ave de rapiña; las describe Virgilio en la Eneida arrebatando el alimento a los compañeros de Eneas y ensuciando todo lo que tocan.

(...)

Ahora puedo, sin rubor, afirmar que, aún suponiéndole unas alas, espirituales, o sin ellas, no he descubierto restos de plumaje de ningún tipo, ni siquiera acudiendo a los rincones más íntimos u ocultos de su anatomía.

Y, en otros aspectos, nunca me he sentido más limpio, interiormente.

2 comentarios:

Isoba dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
John Sereira dijo...

Me va a complicar la vida...
Pero seguro que puede ser.
Juan.