sábado, 23 de junio de 2007

Fulcanelli


-¿Estás estudiando la catedral?

-ya no.

-¿Estás haciendo el Camino de Santiago?

-Ya lo hice.

-¿Qué haces entonces en Salamanca?

Me miró a los ojos. Una mirada inquisitiva y profunda de pupilas negras. Con trabajo sostuve su mirada (me lo propuse).

Su seriedad no resultaba agresiva, y decidí que no trataba de leer en mi mente.

Parecía sólo curiosidad.

Juan, olvidado de ambos, curioseaba en largos vistazos por la sala, desentendiéndos; como si no escuchara, o no quisiera escuchar…

Por fin, Fulcanelli habló.

-Quizá… quizá a buscarte a ti, Brigitte.

No pude evitar una carcajada nerviosa.

Él sonrió ante mi reacción.

Juan miró, como levemente sobresaltado, pero desinteresado, con la mirada perdida, como si estuviera ausente.

(Verdad es que se me pasó por la imaginación que hubiera vuelto a tropezar con un viejo verde, pero lo deseché de inmediato)

Su aspecto, de edad madura, indefinida, su seriedad afable (Su sonrisa sabia y sus ojos francos) no ajustaban en el modelo que yo conocía.

Sin embargo, decidí pasar al ataque.

-¿Quién es usted realmente? No creo en lo que me dice.

-Soy Fulcanelli, o lo que resta de él… -insistió-.

-Veamos que sé yo de Fulcanelli, para rebatir su tesis –y de un tirón, solté.

“Después de publicar bajo el seudónimo de Fulcanelli “El misterio de las catedrales” y “Las moradas filosofales”, obras presuntamente alquímicas, la persona oculta bajo ese nombre desapareció”.

“Estamos hablando de principios del siglo veinte”

“Su editor mantuvo siempre el secreto sobre su auténtica personalidad”

“Corrió el rumor de que finalmente Fulcanelli culminó su obra alquímica, obtuvo su piedra filososfal, la riqueza material, y la inmortalidad. Y desapareció del mundo”

“Como se puede deducir, una fantasía bien ideada por un editor que sigue vendiendo sus libros en la actualidad”

Aquí paré, a observar su reacción.

-Bien –dijo él, tras asegurarse de que yo había acabado-. Veo que conoces la historia oficial. Se parece en líneas generales a la realidad.

-¿La de Fulcanelli, o la del editor avispado?- quise remachar-.

La persona que decía ser Fulcanelli hizo una pausa valorativa; luego, mirándome a los ojos, dijo, como si no hubiera escuchado mi última maldad:

-Te quiero contar una historia. Por favor, escucha. Luego volvemos al principio.

Mi mano nerviosa manoseaba el tubo dentro de mi bolsillo, fuera de su vista; no recordaba que estuviera ahí. Asentí, sin decir nada. Él empezó:
”Tuve una alumna aventajada. Se llamaba Eugène…”

1 comentario:

maría magdalena gabetta dijo...

Aunque los leo como cuentos separados sé que son parte de una historia, ya me haré tiempo para vos amigo, Un abrazo. Magda